Cuanto vale una vida

Texto en español – Testo in italiano

Se dice que los justos mueren mientras duermen. Es una idea que relaciona la calidad de vida con la calidad de la muerte. Ambas cualidades definen al hombre justo. Y la justicia es uno de los valores más profundos y necesarios de la vida social.

Este nodo conceptual que vincula la vida, la muerte y la justicia es el espacio filosófico y jurídico donde se juega el juego de la civilización de las sociedades modernas. Tanto la vida como la muerte, en efecto, plantean problemas éticos relativos al derecho a crear y a extinguir la vida. La fecundación in vitro y la eutanasia son los ejemplos más explícitos de una pregunta que nace con el hombre: ¿quién soy yo? ¿Nacemos por casualidad o por un acto de voluntad? ¿Morimos por el destino o por un acto de voluntad? y aquí comprendemos de dónde viene la pregunta fundamental “¿quién soy yo?”. Desde el descubrimiento del Otro.

Pero, ¿quién es el Otro hoy? la época que vivimos ha alcanzado niveles impensables de comodidad pero estos beneficios tienen un precio: individualismo, nihilismo, codicia, superficialidad, falta de sentido crítico, pérdida de conciencia, fragilidad identitaria y más. El desarrollo de la tecnología ha mejorado infinitamente la comunicación, pero ha contaminado, desgastado y quizás incluso suplantado la relación. Estar en contacto con los demás no significa tener una relación con ellos, y mucho menos entender la diferencia de valor.

El Otro se ha vuelto tan delgado que el Ego es redundante en una forma suicida. La pérdida generalizada del sentido crítico y de la conciencia (bandera de la Escuela de Frankfurt), características pesadas de la sociedad de masas desde los años 80 hasta hoy, de manera continua y progresiva, no permite un cambio de mentalidad y todas las políticas y prácticas de inclusión e igualdad no son más que una obsesión políticamente correcta que suma daño al daño ya hecho. Así lo demuestra la enorme diferencia medible en cada Estado entre el compromiso económico y empresarial para promover la inclusión y los resultados efectivamente alcanzados. La incapacidad de lograr una verdadera inclusión es una limitación cultural contemporánea.

En estos días en Argentina está causando revuelo el juicio de ocho jóvenes que en el verano (austral) de hace dos años se convirtieron en los protagonistas de una agresión de rebaño contra un solo opositor. Al cabo de un minuto (así duraron los golpes y patadas en la cabeza del joven que inmediatamente se había caido al suelo) sin entender cómo y por qué, los jóvenes se convirtieron en asesinos, en monstruos. Y de hecho son monstruos, son los monstruos generados por nuestro sistema social. Galimberti sostiene que el malestar de los jóvenes de hoy no es psicológico sino cultural y esto, creo yo, explica la ineficacia de nuestras estrategias de inclusión.

La prensa (otro tema delicado en el panorama social) argentina ha etiquetado a estos ocho jóvenes con un apodo, “los rugbiers”, que en realidad es una forma premial para el ego de ellos entretejido con el mito de la violencia como si fuera un valor. Las palabras son piedras, decía Carlo Levi, pero la prensa, en todas las latitudes, parece no darse cuenta de este principio. El uso del lenguaje es en su mayoría inconsciente, incluso por parte de quienes deberían saber cómo manejarlo de manera competente y con esta idea básica, definitivamente, Lacan le ha cambiado el curso a todo psicoanálisis. Ha ocurrido y sigue ocurriendo también en Italia donde los negativos protagonistas del fenómeno mafioso disfrutan de definiciones de la prensa que refuerzan su aura de gente fuerte, valiente y poderosa.

La realidad que parece escapar es que cuando ocho personas se unen para vencer a un solo oponente, escenifican la crisis de toda una sociedad a través de su profunda debilidad (que ya no es fragilidad) hecha esencialmente de miedo que se convierte en cobardía, una debilidad/cobardía tan arraigada en sus almas que necesitan maquillarse, mimetizarse, disfrazarse de un acto valeroso, fuerte, violento y por lo tanto casi heroico. Los jóvenes acusados son a su vez víctimas de esta falsa mística.

Estos ocho monstruos, compañeros en su vacío irrecuperable, físicamente impensables para un verdadero equipo de rugby aunque fuera de última categoría por su apariencia imberbe y endeble, seguirán siendo solidarios entre sí no por el pacto de silencio que parecen tener contraído, sino porque la vida, más sabia que cualquier juez, les dará una sentencia perpetua que tal vez los hombres no podrán asignar.

Puede ser que uno o más se distancien de la monstruosa manada, imbuidos de un profundo miedo que los hace débiles y cobardes, puede ser que algunos dragones forenses sean capaces de extraer distintas sentencias basadas en distinciones delirantes para el sentido común de justicia, pero irreprochable por ese férreo mecanismo que llamamos “la ley” que tiene la tarea de administrar justicia. Pero hay que decir, que si participas en un ataque homicida y cobarde, no importa quién le haya dado la patada fatal, la responsabilidad de la muerte de Fernando Báez Sosa es de toda la monstruosa manada. Cada uno de los ocho jóvenes asesinos es igualmente culpable y la pena debe ser la misma para todos, según la justicia. Lo que hará la ley, aún no se sabe.

Cabe hacer aquí una consideración: la diferencia entre justicia y ley consiste en que los principios del derecho se inspiran en la posibilidad de recuperar el monstruo y es un principio justo de civilización jurídica y social. Los principios de justicia, en cambio, se inspiran en la realidad concreta de la vida. Cualquier investigación sobre los índices de recuperación social de sujetos encarcelados por diversas causas daría un resultado ridículo frente a las declaraciones oficiales y los compromisos de gasto y gestión que conllevan las instituciones de represión. El principio de recuperación encaminado a la reinserción en la sociedad muestra tal debilidad que no genera confianza en las personas.

Lo que sufre la gente, en cambio, es que la pena no parece adecuada en relación con el daño causado y la víctima, en los sistemas judiciales, es siempre doblemente victimizada, primero por el delito y después por la inadecuada consecuencia a cargo del asesino. Pero hay una manera: más allá de la pena establecida por el código penal, la sociedad puede exigir que las consecuencias de un delito tengan consecuencias para su autor de igual duración a las causadas a la víctima (ver en este blog https:/ /giampierofinocchiaro.com /distribuire-le-consequences-di-un-crimine-per-un-equo-processo-penale/#.Y8QQsOzMIdU).

Los ocho cobardes asesinos de Fernando, si fueran condenados a menos de cadena perpetua, una vez fuera de prisión tendrían que dedicar parte de su tiempo diario a una actividad social gratuita hasta que la muerte los alcance. La familia de la víctima ha perdido para siempre la calidez de la sonrisa de su hijo (no me atrevo a imaginar un dolor más profundo, me conmueve solo de pensarlo). Su agonía no terminará en diez o veinte años, han sido condenados a sufrimiento perpetuo. La pregunta que tendrán que hacerse entonces los jueces, más allá de los tecnicismos de la ley, es: ¿cuánto vale una vida? ¿Cuánto vale la vida de Fernando? y si la respuesta es que vale al menos tanto como la de sus asesinos entonces las consecuencias para los asesinos son de por vida como el dolor de la familia de Fernando. Tiene que ser así. Que recuerden su responsabilidad por el resto de sus vidas dedicando unas horas de cada día que tendrán en vida, hasta su muerte, a actividades de caridad a favor de los necesitados, los ancianos, los discapacitados, los enfermos, etc. La justicia y el derecho finalmente estarán en diálogo.


Fernando Báez Sosa

Si dice che i giusti muoiano nel sonno. Si tratta di una idea che mette in relazione la qualità della vita con la qualità della morte. Entrambe queste qualità, definiscono l’uomo giusto. E la giustizia è un valore tra i più profondi e necessari del vivere sociale.

Questo nodo concettuale che lega vita, morte e giustizia è lo spazio filosofico e giuridico dove si gioca la partita della civiltà delle società moderne. Tanto la vita come la morte, infatti, ci pongono problematiche etiche relative al diritto di creare come di estinguere la vita. Fecondazione in vitro ed eutanasia sono gli esempi più espliciti di una domanda nata con l’uomo: chi sono io? Nasciamo per casualità o per un atto di volontà? moriamo per fatalità o per un atto di volontà? e qui si comprende da dove nasca la domanda fondamentale “chi sono io?” Dalla scoperta dell’Altro.

Ma chi è l’Altro oggi? l’epoca che stiamo vivendo ha raggiunto livelli di comodità impensabili ma questi benefit hanno un prezzo: individualismo, nichilismo, avidità, superficialità, mancanza di senso critico, perdita di coscienza, fragilità identitaria e altro ancora. Lo sviluppo della tecnologia ha infinitamente migliorato la comunicazione ma ha contaminato, logorato e forse persino soppiantato la relazione. Essere in contatto con gli altri non significa tenere una relazione con essi e tantomeno comprendere la differenza di valore.

L’Altro, si è assottigliato a tal punto che l’Io è ridondante in forma suicida. La perdita generalizzata di senso critico e di coscienza (bandiera della Scuola di Francoforte), caratteristiche pesanti della società di massa dagli anni Ottanta a oggi, ininterrottamente e progressivamente, non permette un cambio di mentalità e tutte le politiche e le prassi per l’inclusione e la parità altro non sono che una ossessione politically correct che aggiunge danno al danno già fatto. Lo dimostra l’enorme differenza misurabile in ogni Stato tra l’impegno economico e gestionale per promuovere l’inclusione e i risultati concretamente raggiunti. È un limite culturale contemporaneo l’incapacità di realizzare vera inclusione.

In questi giorni in Argentina fa molto scalpore il processo a otto giovani che nell’estate (australe) di due anni fa, si sono resi protagonisti di un’aggressione di branco ai danni di un solo avversario. Nel giro di un minuto (tanto è durato il pestaggio a calci in testa del giovane subito caduto a terra) senza capire come e perché, i giovani si sono trasformati in assassini, in mostri. Ed effettivamente sono mostri, sono i mostri generati dal nostro sistema sociale. Galimberti sostiene che il disagio dei giovani di oggi non è psicologico ma culturale e questo spiega l’inefficacia delle nostre strategie per l’inclusione.

La stampa (altro soggetto delicato nel panorama sociale) argentina ha etichettati questi otto giovani con un nomignolo, “i rugbisti”, che di fatto premia il loro ego intessuto del mito della violenza come valore. Le parole sono pietre, diceva Carlo Levi, ma la stampa, ad ogni latitudine, sembra non rendersene conto. L’uso della lingua è per la maggior parte incosciente anche da parte di chi dovrebbe saperla gestire con competenza e con questa idea, sostanzialmente, Lacan ha rivoluzionato l’intera psicoanalisi. È avvenuto e continua a succedere anche in Italia dove i protagonisti negativi del fenomeno mafioso godono da parte della stampa di definizioni che rinforzano la loro aura di persone forti, coraggiose e potenti.

La realtà che mi pare sfugga è che quando otto persone si coalizzano per picchiare un solo avversario, mettono in scena la crisi di una intera società attraverso la loro profonda debolezza (non fragilità) fatta essenzialmente di paura che diventa vigliaccheria, una debolezza/codardia così radicata nelle loro anime da avere bisogno di truccarsi, di mimetizzarsi, di travestirsi da atto coraggioso, forte, violento e dunque quasi eroico. I giovani sotto accusa sono a loro volta vittime di questa falsa mistica.

Questi otto mostri, sodali nel loro irrecuperabile vuoto, fisicamente improponibili per una vera squadra di rugby fosse anche di ultima categoria per il loro aspetto imberbe e deboluccio, resteranno solidali fra di loro non per il patto di mutismo che pare abbiano contratto, ma perché la vita, più saggia di qualsiasi giudice, darà loro una condanna perpetua che forse gli uomini non saranno in grado o in condizione di assegnare.

Può darsi che dal branco mostruoso uno o più prenderanno le distanze, impregnati di una paura profonda che li rende deboli e codardi, può darsi che qualche drago forense riuscirà a strappare condanne differenziate in base a distinguo deliranti per il senso comune di giustizia, ma irreprensibili per quel meccanismo ferreo che chiamiamo “la legge” che ha il compito di amministrare la giustizia. Ma va pur detto, che se si partecipa di un attacco assassino e vile, non importa chi abbia sferrato il calcio fatale, la responsabilità della morte di Fernando Báez Sosa è di tutto il branco mostruoso. Ognuno degli otto giovani assassini è colpevole alla stessa stregua e la condanna dovrebbe essere uguale per tutti, secondo giustizia. Cosa farà la legge, non è ancora dato sapere.

Qui va fatta una considerazione: la differenza tra giustizia e legge consiste nel fatto che i principi della legge si ispirano alla possibilità di recupero del mostro ed è un giusto principio di civiltà giuridica e sociale. I principi della giustizia, invece, si ispirano alla realtà concreta della vita. Una qualsiasi indagine sugli indici di recupero sociale dei soggetti per varie ragioni incarcerati, darebbe un risultato ridicolo a fronte delle dichiarazioni ufficiali e degli impegni di spesa e gestione che comportano le istituzioni della repressione. Il principio del recupero mirato al reinserimento in società, mostra una tale debolezza che non genera alcuna fiducia nella gente.

Ciò che la gente soffre, invece, è che la pena non appare adeguata rispetto al danno provocato e la vittima, nei sistemi giudiziari, è sempre doppiamente vittima, del crimine prima e della inadeguata conseguenza a carico dell’assassino dopo. Ma un modo c’è: al di là della pena stabilita dal codice penale, la società può richiedere che le conseguenze di un crimine abbiano per il suo autore conseguenze di pari durata a quelle provocate nella vittima (cfr. su questo blog https://giampierofinocchiaro.com/distribuire-le-conseguenze-di-un-crimine-per-un-equo-processo-penale/#.Y8QQsOzMIdU).

Gli otto vigliacchi assassini di Fernando, ove fossero condannati a una pena inferiore all’ergastolo, una volta fuori dal carcere dovrebbero dedicare gratuitamente parte del loro tempo giornaliero a una attività sociale finché morte non li colga. La famiglia della vittima ha perso per sempre il calore del sorriso del proprio figlio (non oso nemmeno immaginare un dolore più profondo), mi commuove solo pensarlo. Il loro strazio non finirà né tra dieci, né tra vent’anni, loro hanno subito una condanna a vita. La domanda che i giudici dovranno quindi porsi, al di là dei tecnicismi della legge, è: quanto vale una vita? quanto vale la vita di Fernando? e se la risposta è che vale almeno quanto quella dei suoi assassini allora che le conseguenze a carico degli assassini siano a vita come il dolore della famiglia di Fernando. Deve essere così. Che per il resto della vita si ricordino della loro responsabilità dedicando alcune ore di tutti i giorni che avranno in vita, fino alla morte, ad attività benefiche a favore di chi ha bisogno, anziani, disabili, malati, etc. Giustizia e legge finalmente saranno in dialogo.

La revolución marginal

testo in spagnolo e in italiano

Estar en el lugar correcto en el momento correcto. Me pasa a mí, un tibio hincha de fútbol, que estoy viviendo hace un rato en Buenos Aires mientras el mundo se detiene a seguir los
tejemanejes de los equipos de fútbol que enarbolan las distintas banderas del nacionalismo. Aparentemente una celebración de colores y valores, tan ensordecedora que nadie piensa en los escándalos de la FIFA ni en el enésimo conflicto que ensangrienta al Viejo Continente, y mucho menos en las guerrillas armadas que caracterizan la calidad de vida de innumerables personas de al menos tres continentes.

Todo comenzó cuando el silbato del árbitro decretó la victoria de Argentina en la final (hermosa y para la historia del fútbol) ante Francia, vigente campeón. Mientras escribo, lo que se desvanece es el cielo del martes siguiente al domingo de la final de Qatar. Han pasado cincuenta y cuatro horas desde las 14.00 horas de aquel día, cuando finalizó el partido. De celebraciones ensordecedoras e inauditas, ininterrumpidas. Me cuentan los lugareños que en 1986, la victoria de la Argentina de Maradona dio lugar a festejos intensos y participativos, pero muy, muy diferentes a los de hoy. Trato de entender en qué consiste esta diferencia. Brevemente: entonces era una manifestación multitudinaria, hoy es masiva.

El estudioso más famoso de la psicología de las multitudes (Gustave Le Bon) en realidad se ocupó del tema de las masas. Tituló su libro Psychologie des foules, jugando con la raíz común de foule (multitud) y fou (loco). Pasa lo mismo en italiano. El psicólogo francés identificó algunas características de las masas: la ausencia de una visión común, la indisciplina, la exaltación sin control, la irracionalidad y más. Subrayó la explosión de fuerza primitiva que sienten los individuos en una multitud, percibiendo una sensación concreta de poder irresistible.

Lo que observo paseando por el centro de Buenos Aires, en efecto, es precisamente eso: la explosión de una masa enloquecida de alegría y que no puede contenerse, incapaz de detener un instinto primordial de compartir una experiencia gigantesca, memorable, que pero plantea un interrogante sobre el sentido: individual y colectivo. Más que una celebración, por entusiasta que sea, la que recorre el país desde hace más de dos días parece una revolución de los marginados, una revuelta popular y furiosa que en la actuación festiva de la victoria disfraza una intolerancia nunca digerida por la condición en que se encuentra y en que vive el resto del año. Unos forzaron la puerta por la cual se accede al Obelisco, simbolo patrio. Al interior pintaron con spray: entre un Messi y un Maradona, dos veces alguien escribió: la rabia de hoy.

Alguien se ha quejado de una mala organización de la seguridad y quizás haya algo de razón si tenemos en cuenta que la impenetrabilidad de la masa concentrada en la zona del Obelisco ha efectivamente impedito que el autobús que transportaba a los futbolistas (esperados como dioses durante decenas de horas) pasara a saludar a los fanáticos. Pero, por otro lado, está permitiendo que esta masa indistinta desate una ira reprimida que, ante un despliegue de fuerzas, habría probablemente dado lugar a reacciones violentas. De hecho, hay que decir que las tiendas de la calle no han sido dañadas ni destrozadas, salvo la alfombra de basura que ha cubierto esta hermosa metrópoli. Y no es casualidad que en cuanto los militares intervinieron para liberar el Obelisco de una ocupación ilegal, los disturbios han comenzado a primera hora de la tarde.

Como sucede en las revoluciones, el espacio y el tiempo (aunque sea en este corto lapso de unos pocos días) han sido asediados por los manifestantes. Hordas de personas se mueven por todo el espacio de la ciudad, en todas direcciones. Nadie sabe realmente adónde ir, salvo seguir vagas indicaciones de por dónde podría estar circulando el autobús que ha llevado a bordo a los protagonistas del mundial y que además no saben a dónde irán porque a su vez dependen de las indicaciones enviadas en tiempo real por los helicópteros de la policía. Es una marea que está ocupando la ciudad, en todos los lugares. El mismo Presidente de la República se vio obligado a decretar un día de fiesta nacional quizás en un intento de ponerle un límite a esta manifestación espontánea de masas. El tiempo también estuvo asediado, a partir del momento exacto del último pitido de la final. Inmediatamente la gente acudió en masa a los lugares tradicionales de concentración popular y todos se organizaron para permanecer allí incluso de noche, algunos organizándose ellos mismos y otros sin ningún tipo de precaución. Parafraseando a Augé, la ciudad es hoy un no-lugar temporario, en un no-tiempo determinado.

¿Cómo interpretar el vano asalto a cualquier estructura que pudiera ofrecer una posición desde arriba? Hombres y mujeres se subían a las marquesinas, postes de semáforos, postes de luz, carteles publicitarios sin ninguna necesidad ligada a tratar de ver mejor, no había nada que ver. Los jugadores nunca lograron llegar (finalmente evacuados en helicóptero). El valor simbólico de esta invasión de espacios elevados me parece expresar una reivindicación inconsciente de protagonismo social. En términos existenciales: una búsqueda del Dasein, tomando prestado un término heideggeriano.

Me pregunto si los políticos, especialistas en autorreferencialidad y polémica, se dan cuenta de que este tipo de “revolución inadvertida” (que en este caso es una revolución del no-saber) es producto de sus responsabilidades sólo aparentemente diferenciadas. Es el surgimiento de un hábito malsano de la sociedad surmoderna que ha aceptado como algo natural la diferencia abismal entre quien tiene tanto que no tiene tiempo en su vida para disfrutar de la cantidad de bienes que tiene y quien tiene tan poco que no puede valorar la vida de los demás, porque todos los días ella le recuerda que la suya no vale nada y que nadie está interesado en él. Si observo antropológicamente la massa que por la mayoría viene de los suburbios de las grandes ciudades, veo personas que se sienten hijos de nadie, que se alían con otros don nadie, residen en no lugares y generan nada. No quedará sin sentido el orgiástico pero también simbólico acto de haber “tomado” el Obelisco, auténtica profanación del ícono de la historia republicana argentina y estandarte institucional. Nadie puede prever las dinámicas sociales del futuro si las diferencias sociales siguen manteniendo en la necesidad las masas y en el paraíso los privilegiados.

Así que más allá del júbilo por la devolución de un trofeo deseado durante treinta y seis años, veo una urgencia de superación, de superación, una necesidad tristemente carnavalesca de fuerza y afirmación que los libera ritualmente de la frustración y el desamparo que acumulan las personas que viven en las grandes aglomeraciones, sin conciencia de las dinámicas empobrecedoras que condicionan invisiblemente sus vidas. La multitud que se adueña de la ciudad es la multitud de los marginados a cualquier título, la multitud de los expulsados de los circuitos de los famosos, vips y autoridades, la multitud de espectadores de la suerte y la felicidad ajenas, la multitud de los que viven en la ventana y nunca pueden sentirse protagonistas del espacio y del tiempo que habitan porque no tienen identidad, son sólo portadores de un papel, prestadores de una función, intérpretes de una utilidad, personas cuyo tiempo (corto o muy corto que sea) se mide precisamente, como dijo Bauman, en el grado de utilidad que pueden expresar.

Las muchas sorpresas del mundial de Qatar nos hacen reflexionar. Los equipos de baja calificación han logrado actuaciones y ubicaciones inesperadas; equipos altamente acreditados y con una gran historia a sus espaldas, en cambio, han mostrado debilidades inesperadas. Una lectura no deportiva, que observa el evento de forma compleja como si fuera un emergente social de la contemporaneidad globalizada, sugeriría que quienes avanzaron fueron quienes expresan alguna forma de hambre, ya sea de afirmación o de reconocimiento, de visibilidad o de identidad. Incluso donde el viejo mundo ha alcanzado posiciones de fuerza, como en el caso de la finalista Francia, nos sugiere notar que los hombres que materialmente obtuvieron esta afirmación son hijos de otro continente.

Y nos hace pensar la reciente victoria de Argentina, que en la edición anterior se hundió por polémicas egocéntricas, por insípido estrellato. Esta vez ganó gracias a un renovado espíritu colectivo, hecho de solidaridad, unión, sacrificio y hasta humildad (todo gracias a un ilustrado desconocido que casualmente se encontró ejerciendo como entrenador de la selección mayor). Quizás, al menos en parte, la gente de esta masa incontrolable de camisa blanca y azul haya percibido algo profundamente humano, algo capaz de reavivar la esperanza, porque todos necesitamos anclar en algún lugar la esperanza que es fuente de vida y de respeto. En el frenesí de estos días, quizás, en el fondo todavía hay un futuro a escala humana para toda la humanidad.

La rivoluzione degli emarginati

Trovarsi nel posto giusto al momento giusto. Accade a me, tiepido tifoso di calcio, che risiedo a Buenos Aires mentre il mondo si ferma per seguire le vicende delle squadre di calcio che indossano le distinte bandiere del nazionalismo. Apparentemente una festa di colori e valori, così assordante che nessuno pensa agli scandali della FIFA né all’ennesimo conflitto che insanguina il Vecchio Continente e tantomeno alle guerriglie armate che caratterizzano la qualità della vita di innumerevoli genti di almeno tre continenti.

Tutto ha inizio quando il fischio dell’arbitro decreta la vittoria dell’Argentina nella finale (bella e da storia del calcio) contro la Francia, campione uscente. Mentre scrivo quello che scolora è il cielo del martedì successivo alla domenica della finale in Qatar. Dalle 14.00 di quel giorno, orario di fine partita, a ora sono trascorse cinquantaquattro ore. Di festeggiamenti assordanti ed inauditi, ininterrotti. La gente del luogo mi racconta che nell’86, la vittoria dell’Argentina di Maradona diede luogo a festeggiamenti intensi e partecipati, ma molto diversi da quelli odierni. Cerco di capire in cosa consiste questa differenza. Sinteticamente: allora fu una manifestazione di folla, oggi è di massa.

Il più famoso studioso della psicologia delle folle (Gustave Le Bon) trattò in realtà il tema delle masse. Intitolò il suo libro Psychologie des foules, giocando sulla comune radice di foule (folla) e fou (folle). Come in italiano. Lo psicologo francese individuava alcune caratteristiche delle masse : l’assenza di una visione comune, l’indisciplinatezza, l’esaltazione priva di controllo, l’irrazionalità e altre ancora. Sottolineava l’esplosione di forza primitiva che gli individui di una folla avvertono, percependo una sensazione concreta di potenza irresistibile.

Quello che osservo girando per il centro di Buenos Aires, in effetti, è proprio questo: la deflagrazione di una folle massa che non si contiene e non riesce a contenere un istinto primordiale a condividere un’esperienza gigantesca, memorabile che pone un interrogativo sul senso individuale e collettivo. Più che una celebrazione, per quanto entusiastica, quella che da più di due giorni si sta muovendo per il paese, è una rivoluzione degli emarginati, una rivolta popolare e furibonda che nella recita festosa della vittoria traveste una insofferenza mai digerita per la condizione in cui vive il resto dell’anno. Alcuni hanno forzato la porta attraverso la quale si accede all’Obelisco, simbolo nazionale. Dentro hanno dipinto a spruzzo: tra un Messi e un Maradona, qualcuno ha scritto due volte: la rabbia di oggi.

Qualcuno ha lamentato una scarsa organizzazione della sicurezza e forse qualche ragione ce l’ha se si considera che l’impenetrabilità della massa concentrata nella zona dell’Obelisco che ha di fatto impedito al pullman dei calciatori (attesi come divinità per decine di ore) di passare a salutare i tifosi. Ma per altro verso, sta consentendo a questa indistinta massa di sfogare una rabbia repressa che davanti ad uno spiegamento di forze avrebbe dato vita a reazioni violente. Va infatti detto che i negozi sulla strada non hanno avuto danneggiamenti né vi è stato vandalismo, fatta eccezione per il tappeto di sudiciume che ha rivestito questa bellissima metropoli. E non è un caso che appena sono intervenuti i militari per liberare l’obelisco da una occupazione illecita, siano cominciati i disordini della prima serata.

Come avviene nelle rivoluzioni, lo spazio e il tempo (seppure in questo breve arco di pochi giorni) sono stati assediati dai manifestanti. Orde di gente si muovono per l’intero spazio della città, in tutte le direzioni. Nessuno sa veramente dove andare, salvo seguire vaghe indicazioni relative a dove potrebbe circolare il pullman che ha preso a bordo i protagonisti del mondiale e che pure loro non sanno dove andranno perché dipendono a loro volta dalle indicazioni inviate in tempo reale dagli elicotteri della polizia. Si tratta di una marea che sta occupando la città, in ogni luogo, tanto da costringere il Presidente della Repubblica a decretare un giorno di festività nazionale nel tentativo di far chiudere questa spontanea manifestazione di massa. Anche il tempo è stato assediato, a partire dal momento esatto del fischio di chiusura della finale. La gente è subito accorsa verso i luoghi tradizionali del concentramento popolare e si è organizzata per sostarvi anche di notte, chi organizzandosi e chi senza nessuna precauzione. Parafrasando Augé, in questi giorni la città è un non-luogo temporaneo, in un non-tempo determinato.

Come interpretare l’inutile assalto a qualsiasi struttura che poteva offrire una posizione dall’alto? Uomini e donne sono saliti sulle tettoie, sui pali dei semafori, sui pali della luce, sui cartelli pubblicitari senza alcuna necessità collegata al tentativo di vedere meglio, non c’era niente da vedere. I giocatori non sono mai riusciti ad arrivare (alla fine evacuati in elicottero). Il valore simbolico di questa invasione degli spazi alti mi pare esprimere una rivendicazione incosciente di protagonismo sociale. In termini esistenziali: una ricerca dell’esserci, prendendo in prestito un termine heideggeriano (Dasein).

Mi chiedo se i politici, specialisti della auto referenzialità e della polemica, si rendono conto che questa specie di “rivoluzione inavvertita” (che in questo caso è una rivoluzione del non-sapere) è prodotto delle loro  responsabilità solo apparentemente distinte. È l’emergente di una abitudine insana della società contemporanea che ha accettato come qualcosa di naturale la differenza abissale tra chi ha così tanto da non avere il tempo nella propria vita di godere la quantità di beni di cui dispone e chi ha così poco che non può dare valore alla vita degli altri perché ogni giorno gli ricorda che la sua non vale niente e che nessuno prova interesse per lui. Se osservo antropologicamente la massa che in gran parte viene dalle periferie delle grandi città, vedo persone che si sentono figlie di nessuno, che stringono alleanza con altri nessuno, risiedono in non-luoghi e non generano niente. Non resterà privo di senso l’atto orgiastico ma anche simbolico di aver “preso” l’Obelisco, una autentica profanazione dell’icona della storia repubblicana argentina e vessillo istituzionale. Nessuno può prevedere le dinamiche sociali del futuro se le differenze sociali mantengono nel bisogno la massa e nel paradiso i privilegiati.

Al di là del giubilo per il ritorno di un trofeo che mancava da trentasei anni, vedo un desiderio di oltrepassarsi, di eccedere, un bisogno tristemente carnevalesco di forza e affermazione che li liberi ritualmente della frustrazione e del senso di impotenza che accumulano le persone che vivono nelle grandi conurbazioni, inconsapevoli delle dinamiche depauperanti che condizionano invisibilmente la loro vita. La massa che si appropria della città è la folla degli emarginati a qualunque titolo, la folla degli espulsi dai circuiti dei famosi, dei VIP e delle autorità, la folla degli spettatori delle altrui fortune e felicità, la folla di quelli che vivono alla finestra e mai possono sentirsi protagonisti dello spazio e del tempo che vivono perché non hanno una identità, sono solo portatori di un ruolo, prestatori di una funzione, interpreti di una utilità, gente il cui tempo (breve o brevissimo che sia) è dettato appunto, come diceva Bauman, dal grado di utilità che possono esprimere.

Fanno riflettere le tante sorprese del mondiale del Qatar. Squadre poco quotate hanno ottenuto prestazioni e posizionamenti insperati; squadre molto accreditate e con una grande storia alle spalle, hanno invece mostrato fragilità non previste. Una lettura non sportiva, che osservi l’evento in forma complessa come si trattasse di un emergente sociale della contemporaneità globalizzata, suggerirebbe che ad avanzare sono stati coloro che esprimono una qualche forma di fame, che sia di affermazione o di riconoscimento, di visibilità o di identità. Anche là dove il vecchio mondo ha raggiunto posizioni di forza, come nel caso della Francia finalista, fa pensare che gli uomini che materialmente hanno ottenuto questa affermazione siano figli di un altro continente.

E fa pensare la recente vittoria dell’Argentina che nella precedente edizione è stata affondata dalle polemiche egocentriche, dal divismo insulso. Questa volta ha vinto grazie ad un rinnovato spirito collettivo, fatto di solidarietà, unione, sacrificio e persino umiltà (tutto merito di un illuminato sconosciuto che per coincidenza si è ritrovato a fare da allenatore della nazionale maggiore). Forse, almeno in parte, la gente di questa incontrollabile massa in maglia biancoceleste, ha percepito qualcosa di profondamente umano, qualcosa capace di resuscitare speranza, perché tutti noi abbiamo bisogno di ancorare da qualche parte la speranza che è fonte di vita e di rispetto. Nel delirio di questi giorni, forse, in fondo c’è ancora un futuro a misura d’uomo per l’umanità intera.

La cantonata di Macron e una proposta a costo zero

Le ideologie sono morte. Per fortuna, perché ciò che fa una ideologia è rendere ciechi rispetto alla realtà viva. Ogni ideologia tenta di piegare la realtà ai propri principi, forza gli esseri umani a coincidere con un modello teorico per auto giustificarsi. Il post modernismo non è privo di principi a causa della morte delle ideologie, lo è per una forma di individualismo esacerbato che appare funzionale a certe dinamiche politiche e sopratutto economiche per contenere le quali non esistono più gli argini un tempo affidati al pensiero critico diffuso. La cultura di massa ha quasi estinto gli antidoti democratici contro le prepotenze del potere.

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El duelo inevitable entre conciencia y burocracia

(testo in spagnolo e italiano)

Pandemia. Lo he dicho así que ya se debería haber entendido que el contexto de esta reflexión es lo que le ha estado sucediendo al mundo globalizado en los últimos años (a estas alturas podemos usar el plural y declarar extinta la esperanza del fenómeno “efímero”).

Horkheimer tenía razón, somos la epifanía de su profecía y vivimos en la era de sociedades plenamente administradas. Vida y salud incluidas. Los gobiernos deciden quién debe salvarse primero y lo hacen según esquemas mentales que corresponden a las jerarquías responsables de la gestión de las instituciones. Si los dinosaurios de un mundo en crisis están gobernando, los primeros en salvarse deben ser los dinosaurios. La estrategia no es colectiva, sino jerárquica. La retrospectiva nos hace comprender que la crisis económica y social, así como la psicológica y antropológica, habría sido menor si las prioridades se hubieran revertido y hubiéramos comenzado a salvaguardar la parte más joven, fuerte y móvil del país, como lo habría hecho una comunidad tradicional en la que las instituciones y su lenguaje, la burocracia, aún no habían ocupado el lugar de las personas. No me extraña que la variante delta del virus, a día de hoy, sea mucho más agresiva y que este riesgo, previsible, lo hayamos dejado a los más jóvenes después de habernos asegurado la vacuna a nosotros adultos, ancianos, viejos, muy viejos y dinosaurios.

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Quando un/a cretina/o era un/a cretino/a

Ed Elohim creò l’Uomo a sua immagine: ad immagine di Elohim lo creò: maschio e femmina li creò (Genesi, 1, 27).

In origine, dunque, non era più che un dato di natura la differenza maschio-femmina. Quando questa differenza si è fatta cultura, ha invece dato vita a una infinita varietà di stupidaggini. Il “politically correct” è la lingua ufficiale della imbecillità diffusa.

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Educazione e futuro. Ma quale?

Ci siamo. Ecco la nuova squadra di governo. Venticinque tra uomini e donne, con un rapporto di diciassette a otto che sembra una realistica rappresentazione del diverso grado di interesse alla politica dei due universi, se proprio si deve farne una questione di genere.

Dieci componenti sono in quota “tecnici”, ovvero coloro ai quali è demandato il compito di salvare il Paese che però è dagli anni Settanta del secolo scorso che deve sempre essere salvato (cfr. mio articolo precedente). Quindici sono la garanzia che si tratta di un governo politico nel senso delle chiacchiere con cui in Italia si gioca a far finta di ricercare il bene del paese. Quattro ai cinque stelle perché mantengano il primato conseguito alle elezioni a cui ci stiamo disabituando come alla libertà a causa del Covid; tre a Forza Italia, tre alla Lega, tre al PD perché possa esserci il maggior consenso possibile nell’arena di Montecitorio; uno a LEU perché aveva posto un veto alla Lega ma poi ha detto che no e poi… nessuno sa perché insomma. Leggi tutto “Educazione e futuro. Ma quale?”

Dentro la scuola italiana: le sue ombre svelate da un preside coraggioso

intervista di Fabio Macaluso sul blog “Impronte digitali”, L’ESPRESSO del 5 ottobre 2018 http://improntedigitali.blogautore.espresso.repubblica.it/2018/10/05/dentro-la-scuola-italiana-le-sue-ombre-svelate-da-un-preside-coraggioso/

Giampiero Finocchiaro è un protagonista della scuola italiana che si inserisce a pieno titolo nel solco degli educatori che aprono nuove strade.

Filosofo e antropologo, è stato docente e dirigente scolastico. Per scelta ha diretto per un periodo durato più di un decennio una scuola di frontiera nella disagiata periferia ovest di Palermo, realizzandovi, aderendo a una realtà difficile, un progetto educativo innovativo.

Oggi dirige l’Ufficio scolastico del Consolato generale d’Italia di Buenos Aires.

Finocchiaro ha pubblicato diversi volumi di narrativa e teatro e un insieme di saggi dedicati al mondo scolastico.

In coincidenza con l’apertura dell’anno scolastico e in seguito alla lettura del suo ultimo testo “La scuola di chi” è nata questa conversazione, che ha natura disvelatrice su una delle realtà più complesse e “fatiscenti” del nostro sistema politico e sociale.

Professor Finocchiaro si parla tantissimo di scuola, ma sfugge esattamente cosa facciano e in quale quadro operino gli operatori dell’istruzione e come vengano “serviti” gli alunni. Può brevemente descrivere un ambiente scolastico ordinario?

Le scuole sono ambienti di lavoro paradossali. Vi vige una rigorosa procedura di programmazione eppure si vive sempre in emergenza. Il male assoluto è la falsa autonomia che non fornisce gli strumenti necessari. In termini generali, le strutture edilizie patiscono i conflitti gestionali tra Comuni e Presidi, le strumentazioni soffrono l’impossibilità di provvedere alla manutenzione, la vita scolastica patisce lo scarso valore sociale della figura docente e l’aggressività genitoriale, il progetto formativo riflette l’incompatibilità con la vecchia struttura del percorso in tre gradi e, alla tirata dei conti, gli alunni subiscono la scuola tout court. In questo quadro generale e disarmante, chissà per quale miracolo, esistono realtà stupefacenti, ma sempre frutto di dedizione e sacrificio il cui merito è di singole eroiche persone.

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Corona virus, accettare la sfida

La guerra del Corona virus non è una guerra. Direi, piuttosto, una sfida. Vediamo perciò di comprendere insieme i termini di questa sfida.

Al suo insorgere, effettivamente, la dimensione “epidemica” che di volta in volta coinvolgeva singoli paesi, metteva in campo dispositivi di intervento, e dunque forme di pensiero, riflesso di modelli ancora tradizionali. In un saggio del 2010, Byung-Chul Han rifletteva sugli scenari contemporanei rilevando il generale attardamento delle società, quelle occidentali in testa, su modelli desueti. Modelli che nella sua lettura riflettevano un paradigma “immunologico” non più capace di cogliere la complessità contemporanea. Di questa, infatti, ne sottolineava la sostanziale incompatibilità col precedente modello immunologico. I modelli del passato sono quelli di un’epoca che chiama “batterica” dove è essenziale la presenza di un “altro” contro il quale opporsi. Ma l’epoca contemporanea è piuttosto un periodo “virale”, un tempo, cioè, in cui non esiste più una distinzione netta tra interno ed esterno, tra amico e nemico. Tanto la sfera biologica quanto quella sociale, in sostanza, sono state caratterizzate da dinamiche di “attacco e difesa” che hanno trovato nell’Altro, nell’Estraneo il necessario opposto. Oggi “al posto dell’alterità abbiamo invece la differenza che non provoca alcuna reazione immunitaria”[1]. Leggi tutto “Corona virus, accettare la sfida”

Il poeta muore sempre due volte

Ho recentemente seguito i lavori di un congresso a Buenos Aires. L’occasione è stata ritenuta ghiotta per invitare – senza alcuna ragione a mio avviso – la compagna degli ultimi anni di Borges, Maria Kodama, sposata pochi mesi prima di morire. Mi è già capitato altre due volte di trovarla ospite da qualche parte per ricevere premi alla memoria del marito, che però, in pratica nascono pensati per lei e a lei vengono consegnati. Mi chiedo se nella loro casa siano di più quelli ricevuti da lui o quelli accumulati da lei da quando la sorte ha deciso che il primo tornasse ad alimentare il ciclo dell’universo, mentre l’altra restava ancora quaggiù a poggiare i piedi sul pianeta azzurro. Evento del tutto casuale che però è intervenuto a decidere le sorti del futuro, per lo meno di quello immediato, di quella eredità intellettuale che George ha lasciato ad una umanità variamente popolata e che rimane vincolato alle “autorizzazioni” della moglie sopravvivente. Leggi tutto “Il poeta muore sempre due volte”