“Mujeres que no amaban a los hombres”

Testo in spagnolo e in italiano

Stieg Larsson nos ha dicho solo la mitad de una antigua verdad. Y la sociedad contemporánea hace tiempo que tomó el camino equivocado en la gestión de su equilibrio y la necesidad de renovarlo. Las políticas de igualdad de género son, en este sentido, síntoma de una incapacidad sustancial para captar el auténtico valor de la persona más allá de las diferencias y la difusión y aceptación de lo “políticamente correcto” es la muerte del sentido crítico necesario para buscar la armonía.

La actualidad del hoy en día de Argentina en las últimas semanas está marcada por dos casos de gran repercusión mediática debido a la total ausencia de límites a la violencia que caracterizó a dos crímenes distintos. Por un lado, el asesinato de Fernando, un joven que ha sido brutalmente asesinado cuando salía de la discoteca por una pandilla de ocho jóvenes de su misma edad, y por el otro, Lucio, un niño de cinco años que fue torturado por mucho tiempo por su madre y su novia.

Hay que decir de inmediato, y escribo para subrayarlo, que la cobertura mediática del segundo caso me parece limitada al compromiso de unos pocos, periodistas antes que todo, que no quieren el silencio que tal vez ciertas tendencias políticamente correctas estarían tentadas de difundir. Por el contrario, el primer caso adolece incluso de un exceso de exposición mediática, hasta el punto de que los padres de los acusados viven con el temor constante de ser linchados por una multitud indignada que siempre está presente en los lugares del juicio y dondequiera que se mudan los protagonistas de esta amarga historia. Me gustaría agregar: en el caso de la muerte de Fernando, uno de los abogados penalistas más famosos de Argentina se ofreció a defender pro bono al niño y en nombre de la familia; nadie, en cambio, se ha ofrecido a ayudar al padre de Lucio en la difícil tarea de buscar justicia contra dos mujeres cuya crueldad asesina está probada.

Una vez más, pues, para los sujetos más débiles, los niños, no veo un interés real por parte de la sociedad, no escucho voces masivas alzadas para proteger al pequeño Lucio torturado lentamente por su madre y su novia. No hay manifestaciones masivas en su defensa, el horror de su tortura no ha llevado a la sociedad a despotricar públicamente contra las perpetradoras de un crimen absoluto.

La muerte de Lucio es ciertamente lo emergente de un malestar social frente al cual no veo dinámicas capaces de reequilibrar la guerra de géneros que en cambio veo promovida y apoyada en todos los niveles de la realidad. La acusación, según he podido saber por los medios, ha demostrado que la pareja de la madre golpeaba todos los días a este niño de cinco años y que lo hacía con el consentimiento y la participación de la madre. Ya nadie puede sorprenderse de la crueldad humana y por eso podemos escuchar con horror, pero sin asombro, las fracturas provocadas al niño, las quemaduras de cigarrillos y los hematomas por los constantes golpes que le daban con la misma frecuencia que las comidas. Pero estoy convencido de que todos nos quedamos boquiabiertos al enterarnos, según escuchamos en los medios, que los abusos que su madre y su pareja le infligieron al pobre Lucio incluían mordeduras en los testículos y violencia sexual con el uso de objetos.

Por lo informado por los medios, sabemos que la madre, tras la separación del padre de Lucio, había obtenido la custodia por la señora jueza que estaba a cargo del caso. Sabemos que el padre, para poder ver a su hijo, fue chantajeado por la ex mujer que lo amenazó con denunciarlo por acoso sexual contra al hijo si no le pagaba una suma de dinero cada vez. Sabemos, siempre según las noticias, que Lucio era amado por su padre y sus abuelos paternos, quienes en reiteradas ocasiones habían denunciado oficialmente las condiciones del niño solicitando al padre una revisión de los términos de separación y custodia. Sabemos que la señora juez siempre ha preferido confirmar la cesión a la madre y su pareja. Sabemos, nuevamente por fuentes mediáticas, que la directora, la maestra y la psicóloga educativa de la escuela donde Lucio iba a diario cubierto de moretones y vendajes, declararon que nunca habían notado nada sospechoso en el niño y mucho menos en la madre.

Entonces la pregunta que surge es: ¿por qué nadie quiso o pudo ver maldad en la madre y su novia? ¿Por qué el padre quedó enmarcado en el rol de excluido y no escuchado?

Como educador siempre he tratado con alumnos inquietos, difíciles por cualquier motivo y me gusta recordar que nunca he impuesto una nota disciplinaria, escrita en el registro, para etiquetar su comportamiento. Y si algo he conseguido es superar, allí donde he podido actuar, los prejuicios contra los alumnos difíciles y mirar con objetividad las aureolas que se depositan sobre la cabeza de los alumnos “normales”.

La tortura que sufrió Lucio en el breve lapso de su vida es responsabilidad de una sociedad que marca y etiqueta y es también resultado, a mi modo de ver, del desequilibrio sostenido por lo políticamente correcto, o esa forma de ceguera que, para lograr finalidades políticas e institucionales pensadas desde arriba, permite que una gran cantidad de realidad sumergida quede privada de las garantías sociales a las que todos deberían tener derecho.

El análisis sociológico ha observado que lo no-dicho es generalmente responsable de nuestro comportamiento. El legado inconsciente que llevamos dentro desde hace siglos hace que actúen en nosotros modelos interiorizados y uno de estos modelos crea una superposición subterránea entre la figura de una mujer y la de una madre y a través de esta imagen se asocia la referencia simbólica a Santa María Madre de Dios. De este modo nuestra sociedad rechaza de manera apodíctica la asociación entre la figura femenina y el mal, mientras que por el contrario la considera una base interpretativa para la figura masculina siempre expuesta a la asociación con el mal. Se trata de una demencia social que no sabemos cómo resolver y que para algunos quizás sea incluso mejor no resolver.

La crueldad sin límites de las dos mujeres que torturaron a Lucio es un claro síntoma de un odio sin fin contra el género masculino: mujeres que odian a los hombres, la otra mitad de la verdad de nuestra humilde y frágil historia de hombres y mujeres. En referencia al caso, así lo confirman también algunos hechos posteriores a la detención, como el envío al ex suegro de videos obscenos de prácticas sexuales entre las dos amantes mujeres a las que se les permitió compartir celda. Y cada acto de la relación entre la madre de Lucio y su exmarido tras la separación lo confirma. Estas dos mujeres deliberadamente despreciaron, humillaron, ofendieron y finalmente mataron al género masculino en su conjunto y para ello utilizaron una víctima sacrificial, Lucio y los hombres de la vida de Lucio, su padre y su abuelo. Con referencia a la sociedad en su conjunto, esto se confirma por una serie infinita de episodios de trato desigual, episodios donde a veces también los hombres son víctimas silenciadas y no escuchadas.

Una reconocida abogada del colegio de abogados bonaerense en una entrevista reciente, a la periodista que le preguntó cómo explicaba que ninguna de las mujeres que se relacionaban con Lucio a diario había denunciado su caso, afirmó que la sociedad no está capaz de ver lo que no quiere ver y afirmó que en su experiencia de cada veinte denuncias de acoso sexual de menores por parte de una mujer contra su exmarido, diecinueve son falsos e instrumentales para chantajear a su excónyuge.

La sordera de la sociedad, representada por la jueza, la directora, la maestra y la psicóloga educativa, debe hacernos reflexionar sobre el tipo de responsabilidad que hemos asumido al dejar que la educación de los menores sea manejada casi en su totalidad por mujeres. Es un problema de equilibrio pedagógico que personalmente denuncio desde hace muchos años, aunque por el mero hecho de presentar públicamente el tema he recibido innumerables ofensas e insultos por parte de educadoras que se supone deberían enseñar el respeto al Otro a nuestros hijos.

No creo que estemos sin la capacidad de intervenir seriamente en los problemas que nos aquejan y por los cuales niños como Lucio son olvidados. No me gusta que se use el nombre de las víctimas para titular nuevas leyes que salen apresuradamente de reacciones emocionales porque su verdadero propósito es ganar visibilidad política y, por tanto, siempre son leyes con pocas perspectivas de convertirse en soluciones. Estoy convencido de que aún contamos con las herramientas y capacidades para corregir la deriva conflictiva de la sociedad contemporánea, siempre que apoyemos una auténtica revolución juvenil que depure de una vez la insuficiencia e irresponsabilidad de todos adultos protagonistas del escenario político e institucional del mundo.

Los delitos contra la persona deben ser perseguidos con seriedad y sancionados con seriedad, ya se trate de violencia contra una mujer o contra cualquier otro tipo de persona que, en las circunstancias de un delito, desempeñó el papel del más débil. Como siempre los niños lo son. Creo que los que juzgan y los que educan deben actuar siempre en condiciones de igualdad de las diferencias. Es inaceptable dejar que ciertos sectores de la vida social se conviertan en territorio exclusivo o casi exclusivo de un género o clase de personas. Nuestras diferencias humanas son nuestra riqueza y separarlas en sectores produce ceguera, empobrecimiento y pérdida de sensibilidad.

No lograremos el equilibrio de género exigiendo un porcentaje de participación femenina en las listas electorales o en las juntas directivas. Creerlo es un acto de manipulación de la conciencia colectiva. El poder nunca ha hecho diferencias de género. El viejo dicho “a una mujer no se le puede tocar ni con una flor”, desde un ideal caballeresco se ha traducido en una trágica y violenta paradoja, una inversión frontal que le ha quitado la espada a un viejo esgrimista y no para perseguir una nueva visión de la paz, sino para entregar la misma espada a un nuevo espadachín que muestra las mismas limitaciones que el primero.


Donne che odiano gli uomini

Lucio Dupuy

Stieg Larsson ci ha raccontato solo la metà di un’antica verità. E la società contemporanea ha da tempo preso una strada sbagliata per gestire il proprio equilibrio e l’esigenza di rinnovarlo. Le politiche sulla parità di genere sono, in tal senso, sintomo di una incapacità sostanziale di cogliere il valore autentico della persona al di là delle differenze e la diffusione e accettazione del “politically correct” è la morte del senso critico necessario per ricercare l’armonia.

L’attualità della cronaca argentina in queste settimane è marcata da due casi di grande eco mediatica a causa della totale assenza di limiti alla violenza che ha caratterizzato due diversi crimini. Da un lato l’omicidio di Fernando, un giovane che all’uscita della discoteca è stato brutalmente ucciso da una banda di otto coetanei e dall’altro, Lucio un bimbo di cinque anni lungamente torturato dalla madre e dalla sua compagna.

Va detto subito, e scrivo per sottolinearlo, che l’eco mediatica del secondo caso mi appare limitata all’impegno di pochi, giornalisti in testa, che non vogliono che sul caso cali il silenzio che certe tendenze da politically correct rischiano di spargere. Al contrario, il primo caso soffre addirittura di un eccesso di esposizione mediatica, al punto che i genitori degli accusati vivono con la paura costante di essere linciati da una folla indignata sempre presente nei luoghi del processo e ovunque si muovano i protagonisti di questa amara vicenda. Aggiungo: per il caso della morte di Fernando uno dei più famosi avvocati penalisti d’Argentina si è offerto di curare pro bono la difesa del ragazzo per conto della famiglia; nessuno invece si è offerto di aiutare il padre di Lucio nella difficile impresa di chiedere giustizia contro due donne la cui crudeltà assassina è comprovata.

Ancora una volta, dunque, per i soggetti più deboli, i bambini, non vedo un vero interesse da parte della società, non sento levarsi voci di massa a salvaguardia del piccolo Lucio lentamente torturato da sua madre e dalla sua fidanzata. Non vi sono manifestazioni di massa in sua difesa, l’orrore del suo supplizio non ha spinto la società a inveire pubblicamente per protestare contro le autrici di un crimine assoluto.

La morte di Lucio è certamente un emergente di un disagio sociale verso il quale non vedo in atto dinamiche capaci di riequilibrare la guerra dei generi che invece vedo promossa e sostenuta ad ogni livello di realtà. L’accusa, secondo quanto apprendo dai media, ha dimostrato che la compagna della madre giornalmente picchiava questo bambino di soli cinque anni e che lo faceva col consenso e la partecipazione della madre. Nessuno può ormai stupirsi della crudeltà umana e possiamo quindi ascoltare con raccapriccio, ma senza stupore, delle fratture provocate al bambino, delle bruciature da sigaretta e dei lividi per le costanti botte che gli davano con la stessa frequenza dei pasti. Ma sono convinto che tutti siamo rimasti senza parole ad apprendere, secondo quanto si ascolta nei media, che le sevizie inferte al povero Lucio da sua madre e dalla sua compagna prevedevano i morsi ai testicoli e la violenza sessuale con l’uso di oggetti.

Da quanto riferito dai media, sappiamo che la madre, dopo la separazione dal padre di Lucio, aveva ottenuto l’affidamento da parte della signora giudice che ebbe in mano il caso. Sappiamo che il padre, per potere vedere il figlio, veniva ricattato dalla donna che minacciava di denunciarlo per molestie sessuali nei confronti del figlio se non gli avesse pagato per ogni volta una somma di denaro. Sappiamo, sempre secondo il riferito dai telegiornali, che Lucio era amato dal padre e dai nonni paterni che ripetutamente avevano segnalato ufficialmente le condizioni del bambino chiedendo una revisione dei termini della separazione e l’affidamento al padre. Sappiamo che la signora giudice ha sempre preferito confermare l’assegnazione alla madre e alla sua compagna. Sappiamo, sempre dalle fonti mediatiche, che la direttrice, la maestra e la psicopedagoga della scuola dove Lucio andava giornalmente coperto di lividi e fasciature, hanno dichiarato di non aver mai notato nulla di sospetto nel bambino e tantomeno nella madre.

Così la domanda che ci si pone è: perché nessuno ha voluto vedere la malvagità nella madre e nella sua compagna? Perché il padre è rimasto inquadrato nel ruolo dell’escluso e del non ascoltato?

Da educatore mi sono sempre occupato di alunni irrequieti, difficili per una qualunque ragione e mi piace ricordare che non ho mai comminato una nota disciplinare, scritta sul registro, per etichettare il loro comportamento. E se una cosa mi è riuscita è stata vincere, ovunque abbia potuto agire, i pregiudizi contro gli alunni difficili e guardare con obiettività le aureole poste sul capo degli alunni “normali”.

La tortura che Lucio ha subito nel breve arco della sua vita è responsabilità di una società che marca ed etichetta ed è anche frutto, a mio modo di vedere, dello squilibrio sostenuto dal politically correct, ovvero quella forma di cecità che per realizzare obiettivi politico-istituzionali calati dall’alto, lascia che una gran quantità di sommerso resti privo delle garanzie sociali a cui tutti avrebbero diritto.

L’analisi sociologica ha osservato che il non-detto è in generale il vero responsabile dei nostri comportamenti. L’eredità inconscia che ci portiamo dentro da secoli fa sì che in noi agiscano modelli interiorizzati e uno di questi opera una sotterranea sovrapposizione tra la figura di donna e quella di madre e tramite questa immagine si associa il riferimento simbolico a Santa Maria Madre di Dio. In tal modo la nostra società respinge in modo apodittico l’associazione tra la figura femminile e la malvagità, mentre al contrario la considera una base interpretativa per la figura maschile sempre esposta all’associazione con il male. Si tratta di una demenza sociale che non sappiamo risolvere e che ad alcuni forse conviene persino non risolvere.

La crudeltà senza confini delle due donne che hanno torturato Lucio è un chiaro sintomo di un odio senza confini contro il genere maschile in assoluto: donne che odiano gli uomini, l’altra metà della verità della nostra umile e fragile storia di uomini e donne. In riferimento al caso, lo confermano anche alcuni fatti successivi all’arresto, come l’invio all’ex suocero di video osceni di pratiche sessuali tra le due donne amanti a cui è stato concesso di condividere la cella. E lo conferma ogni atto via via reso noto della relazione tra la madre di Lucio e l’ex marito dopo la separazione. Queste due donne hanno volutamente disprezzato, umiliato, offeso e infine ucciso il genere maschile nel suo complesso e per farlo hanno usato una vittima sacrificale, Lucio e gli uomini della vita di Lucio, il padre e il nonno. In riferimento alla società tutta, lo conferma una infinita serie di episodi di disparità di trattamento di cui sono vittime mute anche uomini la cui unica colpa è essere nati in un tempo da caccia agli stregoni. Una nota avvocatessa del foro di Buenos Aires in una recente intervista, al giornalista che le chiedeva come spiegava che nessuna delle donne che giornalmente entravano in contatto con Lucio avesse segnalato il suo caso, ha affermato che la società non è in grado di vedere ciò che non vuole vedere e affermava che per la sua esperienza ogni venti casi di denuncia di molestia sessuale su minori da parte di una donna contro l’ex marito, diciannove sono falsi e strumentali a ricattare l’ex coniuge.

La sordità della società, rappresentata dalla signora giudice, dalla direttrice, dalla maestra e dalla psicopedagoga credo dovrebbe farci riflettere sul tipo di responsabilità che ci siamo presi a lasciare che l’educazione dei minori venga nella quasi totalità gestita solo dalle donne. Si tratta di un problema di equilibrio pedagogico da me personalmente segnalato da molti anni, anche se per il solo fatto di presentare il tema, ho ricevuto innumerevoli offese ed improperi da parte di educatrici che si suppone dovrebbero insegnare il rispetto dell’Altro ai nostri figli.

Non credo che siamo privi della capacità di intervenire seriamente sui problemi che ci affliggono e per i quali bambini come Lucio vengono dimenticati, salvo poi usare il loro nome per ottenere visibilità politica intestando alle vittime le leggi frutto di reazioni emotive e per ciò stesso con poca prospettiva di risultare soluzioni. Sono convinto che ancora abbiamo strumenti e capacità per correggere la deriva conflittuale della società contemporanea ma a patto di sostenere una autentica rivoluzione giovanile che faccia piazza pulita dell’inadeguatezza e irresponsabilità di tanti adulti protagonisti delle scene politiche e istituzionali in tutto il mondo.

I reati contro la persona vanno seriamente perseguiti e seriamente sanzionati, si tratti di violenza contro una donna o contro un qualunque altro soggetto che nelle circostanze di un crimine avesse il ruolo di soggetto debole. Come sempre lo sono i bambini. Credo che chi giudica e chi educa debba sempre agire in condizioni di equità delle differenze. Non è ammissibile lasciare che certi settori della vita sociale divengano territorio esclusivo o quasi esclusivo di un genere o di una classe di persone. Le nostre differenze umane sono la nostra ricchezza e separarle in settori produce cecità, impoverimento e perdita di sensibilità.

L’equilibrio di genere non lo raggiungeremo pretendendo una percentuale di partecipazione femminile nelle liste elettorali o nei consigli di amministrazione. Crederlo è un atto di manipolazione della coscienza collettiva. Il potere non ha mai fatto differenze di genere. Il vecchio adagio “una donna non si tocca nemmeno con un fiore”, da ideale cavalleresco si è tradotto in un paradosso tragico e violento, un rovesciamento di fronte che ha tolto la spada ad un vecchio schermidore non per perseguire una nuova visione di pace, ma per consegnarla ad un nuovo spadaccino che mostra gli stessi limiti del primo.

Cuanto vale una vida

Texto en español – Testo in italiano

Se dice que los justos mueren mientras duermen. Es una idea que relaciona la calidad de vida con la calidad de la muerte. Ambas cualidades definen al hombre justo. Y la justicia es uno de los valores más profundos y necesarios de la vida social.

Este nodo conceptual que vincula la vida, la muerte y la justicia es el espacio filosófico y jurídico donde se juega el juego de la civilización de las sociedades modernas. Tanto la vida como la muerte, en efecto, plantean problemas éticos relativos al derecho a crear y a extinguir la vida. La fecundación in vitro y la eutanasia son los ejemplos más explícitos de una pregunta que nace con el hombre: ¿quién soy yo? ¿Nacemos por casualidad o por un acto de voluntad? ¿Morimos por el destino o por un acto de voluntad? y aquí comprendemos de dónde viene la pregunta fundamental “¿quién soy yo?”. Desde el descubrimiento del Otro.

Pero, ¿quién es el Otro hoy? la época que vivimos ha alcanzado niveles impensables de comodidad pero estos beneficios tienen un precio: individualismo, nihilismo, codicia, superficialidad, falta de sentido crítico, pérdida de conciencia, fragilidad identitaria y más. El desarrollo de la tecnología ha mejorado infinitamente la comunicación, pero ha contaminado, desgastado y quizás incluso suplantado la relación. Estar en contacto con los demás no significa tener una relación con ellos, y mucho menos entender la diferencia de valor.

El Otro se ha vuelto tan delgado que el Ego es redundante en una forma suicida. La pérdida generalizada del sentido crítico y de la conciencia (bandera de la Escuela de Frankfurt), características pesadas de la sociedad de masas desde los años 80 hasta hoy, de manera continua y progresiva, no permite un cambio de mentalidad y todas las políticas y prácticas de inclusión e igualdad no son más que una obsesión políticamente correcta que suma daño al daño ya hecho. Así lo demuestra la enorme diferencia medible en cada Estado entre el compromiso económico y empresarial para promover la inclusión y los resultados efectivamente alcanzados. La incapacidad de lograr una verdadera inclusión es una limitación cultural contemporánea.

En estos días en Argentina está causando revuelo el juicio de ocho jóvenes que en el verano (austral) de hace dos años se convirtieron en los protagonistas de una agresión de rebaño contra un solo opositor. Al cabo de un minuto (así duraron los golpes y patadas en la cabeza del joven que inmediatamente se había caido al suelo) sin entender cómo y por qué, los jóvenes se convirtieron en asesinos, en monstruos. Y de hecho son monstruos, son los monstruos generados por nuestro sistema social. Galimberti sostiene que el malestar de los jóvenes de hoy no es psicológico sino cultural y esto, creo yo, explica la ineficacia de nuestras estrategias de inclusión.

La prensa (otro tema delicado en el panorama social) argentina ha etiquetado a estos ocho jóvenes con un apodo, “los rugbiers”, que en realidad es una forma premial para el ego de ellos entretejido con el mito de la violencia como si fuera un valor. Las palabras son piedras, decía Carlo Levi, pero la prensa, en todas las latitudes, parece no darse cuenta de este principio. El uso del lenguaje es en su mayoría inconsciente, incluso por parte de quienes deberían saber cómo manejarlo de manera competente y con esta idea básica, definitivamente, Lacan le ha cambiado el curso a todo psicoanálisis. Ha ocurrido y sigue ocurriendo también en Italia donde los negativos protagonistas del fenómeno mafioso disfrutan de definiciones de la prensa que refuerzan su aura de gente fuerte, valiente y poderosa.

La realidad que parece escapar es que cuando ocho personas se unen para vencer a un solo oponente, escenifican la crisis de toda una sociedad a través de su profunda debilidad (que ya no es fragilidad) hecha esencialmente de miedo que se convierte en cobardía, una debilidad/cobardía tan arraigada en sus almas que necesitan maquillarse, mimetizarse, disfrazarse de un acto valeroso, fuerte, violento y por lo tanto casi heroico. Los jóvenes acusados son a su vez víctimas de esta falsa mística.

Estos ocho monstruos, compañeros en su vacío irrecuperable, físicamente impensables para un verdadero equipo de rugby aunque fuera de última categoría por su apariencia imberbe y endeble, seguirán siendo solidarios entre sí no por el pacto de silencio que parecen tener contraído, sino porque la vida, más sabia que cualquier juez, les dará una sentencia perpetua que tal vez los hombres no podrán asignar.

Puede ser que uno o más se distancien de la monstruosa manada, imbuidos de un profundo miedo que los hace débiles y cobardes, puede ser que algunos dragones forenses sean capaces de extraer distintas sentencias basadas en distinciones delirantes para el sentido común de justicia, pero irreprochable por ese férreo mecanismo que llamamos “la ley” que tiene la tarea de administrar justicia. Pero hay que decir, que si participas en un ataque homicida y cobarde, no importa quién le haya dado la patada fatal, la responsabilidad de la muerte de Fernando Báez Sosa es de toda la monstruosa manada. Cada uno de los ocho jóvenes asesinos es igualmente culpable y la pena debe ser la misma para todos, según la justicia. Lo que hará la ley, aún no se sabe.

Cabe hacer aquí una consideración: la diferencia entre justicia y ley consiste en que los principios del derecho se inspiran en la posibilidad de recuperar el monstruo y es un principio justo de civilización jurídica y social. Los principios de justicia, en cambio, se inspiran en la realidad concreta de la vida. Cualquier investigación sobre los índices de recuperación social de sujetos encarcelados por diversas causas daría un resultado ridículo frente a las declaraciones oficiales y los compromisos de gasto y gestión que conllevan las instituciones de represión. El principio de recuperación encaminado a la reinserción en la sociedad muestra tal debilidad que no genera confianza en las personas.

Lo que sufre la gente, en cambio, es que la pena no parece adecuada en relación con el daño causado y la víctima, en los sistemas judiciales, es siempre doblemente victimizada, primero por el delito y después por la inadecuada consecuencia a cargo del asesino. Pero hay una manera: más allá de la pena establecida por el código penal, la sociedad puede exigir que las consecuencias de un delito tengan consecuencias para su autor de igual duración a las causadas a la víctima (ver en este blog https:/ /giampierofinocchiaro.com /distribuire-le-consequences-di-un-crimine-per-un-equo-processo-penale/#.Y8QQsOzMIdU).

Los ocho cobardes asesinos de Fernando, si fueran condenados a menos de cadena perpetua, una vez fuera de prisión tendrían que dedicar parte de su tiempo diario a una actividad social gratuita hasta que la muerte los alcance. La familia de la víctima ha perdido para siempre la calidez de la sonrisa de su hijo (no me atrevo a imaginar un dolor más profundo, me conmueve solo de pensarlo). Su agonía no terminará en diez o veinte años, han sido condenados a sufrimiento perpetuo. La pregunta que tendrán que hacerse entonces los jueces, más allá de los tecnicismos de la ley, es: ¿cuánto vale una vida? ¿Cuánto vale la vida de Fernando? y si la respuesta es que vale al menos tanto como la de sus asesinos entonces las consecuencias para los asesinos son de por vida como el dolor de la familia de Fernando. Tiene que ser así. Que recuerden su responsabilidad por el resto de sus vidas dedicando unas horas de cada día que tendrán en vida, hasta su muerte, a actividades de caridad a favor de los necesitados, los ancianos, los discapacitados, los enfermos, etc. La justicia y el derecho finalmente estarán en diálogo.


Fernando Báez Sosa

Si dice che i giusti muoiano nel sonno. Si tratta di una idea che mette in relazione la qualità della vita con la qualità della morte. Entrambe queste qualità, definiscono l’uomo giusto. E la giustizia è un valore tra i più profondi e necessari del vivere sociale.

Questo nodo concettuale che lega vita, morte e giustizia è lo spazio filosofico e giuridico dove si gioca la partita della civiltà delle società moderne. Tanto la vita come la morte, infatti, ci pongono problematiche etiche relative al diritto di creare come di estinguere la vita. Fecondazione in vitro ed eutanasia sono gli esempi più espliciti di una domanda nata con l’uomo: chi sono io? Nasciamo per casualità o per un atto di volontà? moriamo per fatalità o per un atto di volontà? e qui si comprende da dove nasca la domanda fondamentale “chi sono io?” Dalla scoperta dell’Altro.

Ma chi è l’Altro oggi? l’epoca che stiamo vivendo ha raggiunto livelli di comodità impensabili ma questi benefit hanno un prezzo: individualismo, nichilismo, avidità, superficialità, mancanza di senso critico, perdita di coscienza, fragilità identitaria e altro ancora. Lo sviluppo della tecnologia ha infinitamente migliorato la comunicazione ma ha contaminato, logorato e forse persino soppiantato la relazione. Essere in contatto con gli altri non significa tenere una relazione con essi e tantomeno comprendere la differenza di valore.

L’Altro, si è assottigliato a tal punto che l’Io è ridondante in forma suicida. La perdita generalizzata di senso critico e di coscienza (bandiera della Scuola di Francoforte), caratteristiche pesanti della società di massa dagli anni Ottanta a oggi, ininterrottamente e progressivamente, non permette un cambio di mentalità e tutte le politiche e le prassi per l’inclusione e la parità altro non sono che una ossessione politically correct che aggiunge danno al danno già fatto. Lo dimostra l’enorme differenza misurabile in ogni Stato tra l’impegno economico e gestionale per promuovere l’inclusione e i risultati concretamente raggiunti. È un limite culturale contemporaneo l’incapacità di realizzare vera inclusione.

In questi giorni in Argentina fa molto scalpore il processo a otto giovani che nell’estate (australe) di due anni fa, si sono resi protagonisti di un’aggressione di branco ai danni di un solo avversario. Nel giro di un minuto (tanto è durato il pestaggio a calci in testa del giovane subito caduto a terra) senza capire come e perché, i giovani si sono trasformati in assassini, in mostri. Ed effettivamente sono mostri, sono i mostri generati dal nostro sistema sociale. Galimberti sostiene che il disagio dei giovani di oggi non è psicologico ma culturale e questo spiega l’inefficacia delle nostre strategie per l’inclusione.

La stampa (altro soggetto delicato nel panorama sociale) argentina ha etichettati questi otto giovani con un nomignolo, “i rugbisti”, che di fatto premia il loro ego intessuto del mito della violenza come valore. Le parole sono pietre, diceva Carlo Levi, ma la stampa, ad ogni latitudine, sembra non rendersene conto. L’uso della lingua è per la maggior parte incosciente anche da parte di chi dovrebbe saperla gestire con competenza e con questa idea, sostanzialmente, Lacan ha rivoluzionato l’intera psicoanalisi. È avvenuto e continua a succedere anche in Italia dove i protagonisti negativi del fenomeno mafioso godono da parte della stampa di definizioni che rinforzano la loro aura di persone forti, coraggiose e potenti.

La realtà che mi pare sfugga è che quando otto persone si coalizzano per picchiare un solo avversario, mettono in scena la crisi di una intera società attraverso la loro profonda debolezza (non fragilità) fatta essenzialmente di paura che diventa vigliaccheria, una debolezza/codardia così radicata nelle loro anime da avere bisogno di truccarsi, di mimetizzarsi, di travestirsi da atto coraggioso, forte, violento e dunque quasi eroico. I giovani sotto accusa sono a loro volta vittime di questa falsa mistica.

Questi otto mostri, sodali nel loro irrecuperabile vuoto, fisicamente improponibili per una vera squadra di rugby fosse anche di ultima categoria per il loro aspetto imberbe e deboluccio, resteranno solidali fra di loro non per il patto di mutismo che pare abbiano contratto, ma perché la vita, più saggia di qualsiasi giudice, darà loro una condanna perpetua che forse gli uomini non saranno in grado o in condizione di assegnare.

Può darsi che dal branco mostruoso uno o più prenderanno le distanze, impregnati di una paura profonda che li rende deboli e codardi, può darsi che qualche drago forense riuscirà a strappare condanne differenziate in base a distinguo deliranti per il senso comune di giustizia, ma irreprensibili per quel meccanismo ferreo che chiamiamo “la legge” che ha il compito di amministrare la giustizia. Ma va pur detto, che se si partecipa di un attacco assassino e vile, non importa chi abbia sferrato il calcio fatale, la responsabilità della morte di Fernando Báez Sosa è di tutto il branco mostruoso. Ognuno degli otto giovani assassini è colpevole alla stessa stregua e la condanna dovrebbe essere uguale per tutti, secondo giustizia. Cosa farà la legge, non è ancora dato sapere.

Qui va fatta una considerazione: la differenza tra giustizia e legge consiste nel fatto che i principi della legge si ispirano alla possibilità di recupero del mostro ed è un giusto principio di civiltà giuridica e sociale. I principi della giustizia, invece, si ispirano alla realtà concreta della vita. Una qualsiasi indagine sugli indici di recupero sociale dei soggetti per varie ragioni incarcerati, darebbe un risultato ridicolo a fronte delle dichiarazioni ufficiali e degli impegni di spesa e gestione che comportano le istituzioni della repressione. Il principio del recupero mirato al reinserimento in società, mostra una tale debolezza che non genera alcuna fiducia nella gente.

Ciò che la gente soffre, invece, è che la pena non appare adeguata rispetto al danno provocato e la vittima, nei sistemi giudiziari, è sempre doppiamente vittima, del crimine prima e della inadeguata conseguenza a carico dell’assassino dopo. Ma un modo c’è: al di là della pena stabilita dal codice penale, la società può richiedere che le conseguenze di un crimine abbiano per il suo autore conseguenze di pari durata a quelle provocate nella vittima (cfr. su questo blog https://giampierofinocchiaro.com/distribuire-le-conseguenze-di-un-crimine-per-un-equo-processo-penale/#.Y8QQsOzMIdU).

Gli otto vigliacchi assassini di Fernando, ove fossero condannati a una pena inferiore all’ergastolo, una volta fuori dal carcere dovrebbero dedicare gratuitamente parte del loro tempo giornaliero a una attività sociale finché morte non li colga. La famiglia della vittima ha perso per sempre il calore del sorriso del proprio figlio (non oso nemmeno immaginare un dolore più profondo), mi commuove solo pensarlo. Il loro strazio non finirà né tra dieci, né tra vent’anni, loro hanno subito una condanna a vita. La domanda che i giudici dovranno quindi porsi, al di là dei tecnicismi della legge, è: quanto vale una vita? quanto vale la vita di Fernando? e se la risposta è che vale almeno quanto quella dei suoi assassini allora che le conseguenze a carico degli assassini siano a vita come il dolore della famiglia di Fernando. Deve essere così. Che per il resto della vita si ricordino della loro responsabilità dedicando alcune ore di tutti i giorni che avranno in vita, fino alla morte, ad attività benefiche a favore di chi ha bisogno, anziani, disabili, malati, etc. Giustizia e legge finalmente saranno in dialogo.

La revolución marginal

testo in spagnolo e in italiano

Estar en el lugar correcto en el momento correcto. Me pasa a mí, un tibio hincha de fútbol, que estoy viviendo hace un rato en Buenos Aires mientras el mundo se detiene a seguir los
tejemanejes de los equipos de fútbol que enarbolan las distintas banderas del nacionalismo. Aparentemente una celebración de colores y valores, tan ensordecedora que nadie piensa en los escándalos de la FIFA ni en el enésimo conflicto que ensangrienta al Viejo Continente, y mucho menos en las guerrillas armadas que caracterizan la calidad de vida de innumerables personas de al menos tres continentes.

Todo comenzó cuando el silbato del árbitro decretó la victoria de Argentina en la final (hermosa y para la historia del fútbol) ante Francia, vigente campeón. Mientras escribo, lo que se desvanece es el cielo del martes siguiente al domingo de la final de Qatar. Han pasado cincuenta y cuatro horas desde las 14.00 horas de aquel día, cuando finalizó el partido. De celebraciones ensordecedoras e inauditas, ininterrumpidas. Me cuentan los lugareños que en 1986, la victoria de la Argentina de Maradona dio lugar a festejos intensos y participativos, pero muy, muy diferentes a los de hoy. Trato de entender en qué consiste esta diferencia. Brevemente: entonces era una manifestación multitudinaria, hoy es masiva.

El estudioso más famoso de la psicología de las multitudes (Gustave Le Bon) en realidad se ocupó del tema de las masas. Tituló su libro Psychologie des foules, jugando con la raíz común de foule (multitud) y fou (loco). Pasa lo mismo en italiano. El psicólogo francés identificó algunas características de las masas: la ausencia de una visión común, la indisciplina, la exaltación sin control, la irracionalidad y más. Subrayó la explosión de fuerza primitiva que sienten los individuos en una multitud, percibiendo una sensación concreta de poder irresistible.

Lo que observo paseando por el centro de Buenos Aires, en efecto, es precisamente eso: la explosión de una masa enloquecida de alegría y que no puede contenerse, incapaz de detener un instinto primordial de compartir una experiencia gigantesca, memorable, que pero plantea un interrogante sobre el sentido: individual y colectivo. Más que una celebración, por entusiasta que sea, la que recorre el país desde hace más de dos días parece una revolución de los marginados, una revuelta popular y furiosa que en la actuación festiva de la victoria disfraza una intolerancia nunca digerida por la condición en que se encuentra y en que vive el resto del año. Unos forzaron la puerta por la cual se accede al Obelisco, simbolo patrio. Al interior pintaron con spray: entre un Messi y un Maradona, dos veces alguien escribió: la rabia de hoy.

Alguien se ha quejado de una mala organización de la seguridad y quizás haya algo de razón si tenemos en cuenta que la impenetrabilidad de la masa concentrada en la zona del Obelisco ha efectivamente impedito que el autobús que transportaba a los futbolistas (esperados como dioses durante decenas de horas) pasara a saludar a los fanáticos. Pero, por otro lado, está permitiendo que esta masa indistinta desate una ira reprimida que, ante un despliegue de fuerzas, habría probablemente dado lugar a reacciones violentas. De hecho, hay que decir que las tiendas de la calle no han sido dañadas ni destrozadas, salvo la alfombra de basura que ha cubierto esta hermosa metrópoli. Y no es casualidad que en cuanto los militares intervinieron para liberar el Obelisco de una ocupación ilegal, los disturbios han comenzado a primera hora de la tarde.

Como sucede en las revoluciones, el espacio y el tiempo (aunque sea en este corto lapso de unos pocos días) han sido asediados por los manifestantes. Hordas de personas se mueven por todo el espacio de la ciudad, en todas direcciones. Nadie sabe realmente adónde ir, salvo seguir vagas indicaciones de por dónde podría estar circulando el autobús que ha llevado a bordo a los protagonistas del mundial y que además no saben a dónde irán porque a su vez dependen de las indicaciones enviadas en tiempo real por los helicópteros de la policía. Es una marea que está ocupando la ciudad, en todos los lugares. El mismo Presidente de la República se vio obligado a decretar un día de fiesta nacional quizás en un intento de ponerle un límite a esta manifestación espontánea de masas. El tiempo también estuvo asediado, a partir del momento exacto del último pitido de la final. Inmediatamente la gente acudió en masa a los lugares tradicionales de concentración popular y todos se organizaron para permanecer allí incluso de noche, algunos organizándose ellos mismos y otros sin ningún tipo de precaución. Parafraseando a Augé, la ciudad es hoy un no-lugar temporario, en un no-tiempo determinado.

¿Cómo interpretar el vano asalto a cualquier estructura que pudiera ofrecer una posición desde arriba? Hombres y mujeres se subían a las marquesinas, postes de semáforos, postes de luz, carteles publicitarios sin ninguna necesidad ligada a tratar de ver mejor, no había nada que ver. Los jugadores nunca lograron llegar (finalmente evacuados en helicóptero). El valor simbólico de esta invasión de espacios elevados me parece expresar una reivindicación inconsciente de protagonismo social. En términos existenciales: una búsqueda del Dasein, tomando prestado un término heideggeriano.

Me pregunto si los políticos, especialistas en autorreferencialidad y polémica, se dan cuenta de que este tipo de “revolución inadvertida” (que en este caso es una revolución del no-saber) es producto de sus responsabilidades sólo aparentemente diferenciadas. Es el surgimiento de un hábito malsano de la sociedad surmoderna que ha aceptado como algo natural la diferencia abismal entre quien tiene tanto que no tiene tiempo en su vida para disfrutar de la cantidad de bienes que tiene y quien tiene tan poco que no puede valorar la vida de los demás, porque todos los días ella le recuerda que la suya no vale nada y que nadie está interesado en él. Si observo antropológicamente la massa que por la mayoría viene de los suburbios de las grandes ciudades, veo personas que se sienten hijos de nadie, que se alían con otros don nadie, residen en no lugares y generan nada. No quedará sin sentido el orgiástico pero también simbólico acto de haber “tomado” el Obelisco, auténtica profanación del ícono de la historia republicana argentina y estandarte institucional. Nadie puede prever las dinámicas sociales del futuro si las diferencias sociales siguen manteniendo en la necesidad las masas y en el paraíso los privilegiados.

Así que más allá del júbilo por la devolución de un trofeo deseado durante treinta y seis años, veo una urgencia de superación, de superación, una necesidad tristemente carnavalesca de fuerza y afirmación que los libera ritualmente de la frustración y el desamparo que acumulan las personas que viven en las grandes aglomeraciones, sin conciencia de las dinámicas empobrecedoras que condicionan invisiblemente sus vidas. La multitud que se adueña de la ciudad es la multitud de los marginados a cualquier título, la multitud de los expulsados de los circuitos de los famosos, vips y autoridades, la multitud de espectadores de la suerte y la felicidad ajenas, la multitud de los que viven en la ventana y nunca pueden sentirse protagonistas del espacio y del tiempo que habitan porque no tienen identidad, son sólo portadores de un papel, prestadores de una función, intérpretes de una utilidad, personas cuyo tiempo (corto o muy corto que sea) se mide precisamente, como dijo Bauman, en el grado de utilidad que pueden expresar.

Las muchas sorpresas del mundial de Qatar nos hacen reflexionar. Los equipos de baja calificación han logrado actuaciones y ubicaciones inesperadas; equipos altamente acreditados y con una gran historia a sus espaldas, en cambio, han mostrado debilidades inesperadas. Una lectura no deportiva, que observa el evento de forma compleja como si fuera un emergente social de la contemporaneidad globalizada, sugeriría que quienes avanzaron fueron quienes expresan alguna forma de hambre, ya sea de afirmación o de reconocimiento, de visibilidad o de identidad. Incluso donde el viejo mundo ha alcanzado posiciones de fuerza, como en el caso de la finalista Francia, nos sugiere notar que los hombres que materialmente obtuvieron esta afirmación son hijos de otro continente.

Y nos hace pensar la reciente victoria de Argentina, que en la edición anterior se hundió por polémicas egocéntricas, por insípido estrellato. Esta vez ganó gracias a un renovado espíritu colectivo, hecho de solidaridad, unión, sacrificio y hasta humildad (todo gracias a un ilustrado desconocido que casualmente se encontró ejerciendo como entrenador de la selección mayor). Quizás, al menos en parte, la gente de esta masa incontrolable de camisa blanca y azul haya percibido algo profundamente humano, algo capaz de reavivar la esperanza, porque todos necesitamos anclar en algún lugar la esperanza que es fuente de vida y de respeto. En el frenesí de estos días, quizás, en el fondo todavía hay un futuro a escala humana para toda la humanidad.

La rivoluzione degli emarginati

Trovarsi nel posto giusto al momento giusto. Accade a me, tiepido tifoso di calcio, che risiedo a Buenos Aires mentre il mondo si ferma per seguire le vicende delle squadre di calcio che indossano le distinte bandiere del nazionalismo. Apparentemente una festa di colori e valori, così assordante che nessuno pensa agli scandali della FIFA né all’ennesimo conflitto che insanguina il Vecchio Continente e tantomeno alle guerriglie armate che caratterizzano la qualità della vita di innumerevoli genti di almeno tre continenti.

Tutto ha inizio quando il fischio dell’arbitro decreta la vittoria dell’Argentina nella finale (bella e da storia del calcio) contro la Francia, campione uscente. Mentre scrivo quello che scolora è il cielo del martedì successivo alla domenica della finale in Qatar. Dalle 14.00 di quel giorno, orario di fine partita, a ora sono trascorse cinquantaquattro ore. Di festeggiamenti assordanti ed inauditi, ininterrotti. La gente del luogo mi racconta che nell’86, la vittoria dell’Argentina di Maradona diede luogo a festeggiamenti intensi e partecipati, ma molto diversi da quelli odierni. Cerco di capire in cosa consiste questa differenza. Sinteticamente: allora fu una manifestazione di folla, oggi è di massa.

Il più famoso studioso della psicologia delle folle (Gustave Le Bon) trattò in realtà il tema delle masse. Intitolò il suo libro Psychologie des foules, giocando sulla comune radice di foule (folla) e fou (folle). Come in italiano. Lo psicologo francese individuava alcune caratteristiche delle masse : l’assenza di una visione comune, l’indisciplinatezza, l’esaltazione priva di controllo, l’irrazionalità e altre ancora. Sottolineava l’esplosione di forza primitiva che gli individui di una folla avvertono, percependo una sensazione concreta di potenza irresistibile.

Quello che osservo girando per il centro di Buenos Aires, in effetti, è proprio questo: la deflagrazione di una folle massa che non si contiene e non riesce a contenere un istinto primordiale a condividere un’esperienza gigantesca, memorabile che pone un interrogativo sul senso individuale e collettivo. Più che una celebrazione, per quanto entusiastica, quella che da più di due giorni si sta muovendo per il paese, è una rivoluzione degli emarginati, una rivolta popolare e furibonda che nella recita festosa della vittoria traveste una insofferenza mai digerita per la condizione in cui vive il resto dell’anno. Alcuni hanno forzato la porta attraverso la quale si accede all’Obelisco, simbolo nazionale. Dentro hanno dipinto a spruzzo: tra un Messi e un Maradona, qualcuno ha scritto due volte: la rabbia di oggi.

Qualcuno ha lamentato una scarsa organizzazione della sicurezza e forse qualche ragione ce l’ha se si considera che l’impenetrabilità della massa concentrata nella zona dell’Obelisco che ha di fatto impedito al pullman dei calciatori (attesi come divinità per decine di ore) di passare a salutare i tifosi. Ma per altro verso, sta consentendo a questa indistinta massa di sfogare una rabbia repressa che davanti ad uno spiegamento di forze avrebbe dato vita a reazioni violente. Va infatti detto che i negozi sulla strada non hanno avuto danneggiamenti né vi è stato vandalismo, fatta eccezione per il tappeto di sudiciume che ha rivestito questa bellissima metropoli. E non è un caso che appena sono intervenuti i militari per liberare l’obelisco da una occupazione illecita, siano cominciati i disordini della prima serata.

Come avviene nelle rivoluzioni, lo spazio e il tempo (seppure in questo breve arco di pochi giorni) sono stati assediati dai manifestanti. Orde di gente si muovono per l’intero spazio della città, in tutte le direzioni. Nessuno sa veramente dove andare, salvo seguire vaghe indicazioni relative a dove potrebbe circolare il pullman che ha preso a bordo i protagonisti del mondiale e che pure loro non sanno dove andranno perché dipendono a loro volta dalle indicazioni inviate in tempo reale dagli elicotteri della polizia. Si tratta di una marea che sta occupando la città, in ogni luogo, tanto da costringere il Presidente della Repubblica a decretare un giorno di festività nazionale nel tentativo di far chiudere questa spontanea manifestazione di massa. Anche il tempo è stato assediato, a partire dal momento esatto del fischio di chiusura della finale. La gente è subito accorsa verso i luoghi tradizionali del concentramento popolare e si è organizzata per sostarvi anche di notte, chi organizzandosi e chi senza nessuna precauzione. Parafrasando Augé, in questi giorni la città è un non-luogo temporaneo, in un non-tempo determinato.

Come interpretare l’inutile assalto a qualsiasi struttura che poteva offrire una posizione dall’alto? Uomini e donne sono saliti sulle tettoie, sui pali dei semafori, sui pali della luce, sui cartelli pubblicitari senza alcuna necessità collegata al tentativo di vedere meglio, non c’era niente da vedere. I giocatori non sono mai riusciti ad arrivare (alla fine evacuati in elicottero). Il valore simbolico di questa invasione degli spazi alti mi pare esprimere una rivendicazione incosciente di protagonismo sociale. In termini esistenziali: una ricerca dell’esserci, prendendo in prestito un termine heideggeriano (Dasein).

Mi chiedo se i politici, specialisti della auto referenzialità e della polemica, si rendono conto che questa specie di “rivoluzione inavvertita” (che in questo caso è una rivoluzione del non-sapere) è prodotto delle loro  responsabilità solo apparentemente distinte. È l’emergente di una abitudine insana della società contemporanea che ha accettato come qualcosa di naturale la differenza abissale tra chi ha così tanto da non avere il tempo nella propria vita di godere la quantità di beni di cui dispone e chi ha così poco che non può dare valore alla vita degli altri perché ogni giorno gli ricorda che la sua non vale niente e che nessuno prova interesse per lui. Se osservo antropologicamente la massa che in gran parte viene dalle periferie delle grandi città, vedo persone che si sentono figlie di nessuno, che stringono alleanza con altri nessuno, risiedono in non-luoghi e non generano niente. Non resterà privo di senso l’atto orgiastico ma anche simbolico di aver “preso” l’Obelisco, una autentica profanazione dell’icona della storia repubblicana argentina e vessillo istituzionale. Nessuno può prevedere le dinamiche sociali del futuro se le differenze sociali mantengono nel bisogno la massa e nel paradiso i privilegiati.

Al di là del giubilo per il ritorno di un trofeo che mancava da trentasei anni, vedo un desiderio di oltrepassarsi, di eccedere, un bisogno tristemente carnevalesco di forza e affermazione che li liberi ritualmente della frustrazione e del senso di impotenza che accumulano le persone che vivono nelle grandi conurbazioni, inconsapevoli delle dinamiche depauperanti che condizionano invisibilmente la loro vita. La massa che si appropria della città è la folla degli emarginati a qualunque titolo, la folla degli espulsi dai circuiti dei famosi, dei VIP e delle autorità, la folla degli spettatori delle altrui fortune e felicità, la folla di quelli che vivono alla finestra e mai possono sentirsi protagonisti dello spazio e del tempo che vivono perché non hanno una identità, sono solo portatori di un ruolo, prestatori di una funzione, interpreti di una utilità, gente il cui tempo (breve o brevissimo che sia) è dettato appunto, come diceva Bauman, dal grado di utilità che possono esprimere.

Fanno riflettere le tante sorprese del mondiale del Qatar. Squadre poco quotate hanno ottenuto prestazioni e posizionamenti insperati; squadre molto accreditate e con una grande storia alle spalle, hanno invece mostrato fragilità non previste. Una lettura non sportiva, che osservi l’evento in forma complessa come si trattasse di un emergente sociale della contemporaneità globalizzata, suggerirebbe che ad avanzare sono stati coloro che esprimono una qualche forma di fame, che sia di affermazione o di riconoscimento, di visibilità o di identità. Anche là dove il vecchio mondo ha raggiunto posizioni di forza, come nel caso della Francia finalista, fa pensare che gli uomini che materialmente hanno ottenuto questa affermazione siano figli di un altro continente.

E fa pensare la recente vittoria dell’Argentina che nella precedente edizione è stata affondata dalle polemiche egocentriche, dal divismo insulso. Questa volta ha vinto grazie ad un rinnovato spirito collettivo, fatto di solidarietà, unione, sacrificio e persino umiltà (tutto merito di un illuminato sconosciuto che per coincidenza si è ritrovato a fare da allenatore della nazionale maggiore). Forse, almeno in parte, la gente di questa incontrollabile massa in maglia biancoceleste, ha percepito qualcosa di profondamente umano, qualcosa capace di resuscitare speranza, perché tutti noi abbiamo bisogno di ancorare da qualche parte la speranza che è fonte di vita e di rispetto. Nel delirio di questi giorni, forse, in fondo c’è ancora un futuro a misura d’uomo per l’umanità intera.

La cantonata di Macron e una proposta a costo zero

Le ideologie sono morte. Per fortuna, perché ciò che fa una ideologia è rendere ciechi rispetto alla realtà viva. Ogni ideologia tenta di piegare la realtà ai propri principi, forza gli esseri umani a coincidere con un modello teorico per auto giustificarsi. Il post modernismo non è privo di principi a causa della morte delle ideologie, lo è per una forma di individualismo esacerbato che appare funzionale a certe dinamiche politiche e sopratutto economiche per contenere le quali non esistono più gli argini un tempo affidati al pensiero critico diffuso. La cultura di massa ha quasi estinto gli antidoti democratici contro le prepotenze del potere.

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Dove si nasconde la gioia? Donde se esconde la alegría

23 ottobre 2022, il Boca vince il campionato nazionale e lo fa in un caos di emozioni che rendono incerta la vittoria fino all’ultimo momento, dovendo sperare che il suo acerrimo nemico, il River Plate, possa a sua volta vincere contro il Racing che si trova a un solo punto dalla squadra più rappresentativa dell’Argentina.

Terminata la partita e il primo effluvio di commenti su televisione e social, l’entusiasmo porta la gente in strada. Mi trovo a Mar del Plata, a 400 kilometri dalla capitale ma sembra di stare alla Boca. Per un apparente paradosso le persone si riuniscono nella piazza al cui centro campeggia la statua del generale San Martin. In un angolo, più discreto e come osservando il Padre della Patria, un mezzo busto di un altro generale, il pluri Presidente Domingo Peron.

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Il bambino che volò via

A volte succede che gli anni che ti porti addosso ti offrano dei ricordi, per moto proprio.

La prima volta che incontrai la morte, non la riconobbi. Avrò avuto quattro o cinque anni, mia madre teneva per mano me e mio fratello e ci stava accompagnando a scuola. Ricordo la sua voce gentile e lieta che ci cullava durante il tragitto vincendo gli ultimi scampoli di sonno che ci eravamo portati sulle palpebre. Avevamo attraversato la piazza davanti casa e serpeggiato tra le auto di un parcheggio che occupava lo spiazzo Franco Restivo e ci immetteva in via Empedocle Restivo, a Palermo.

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El duelo inevitable entre conciencia y burocracia

(testo in spagnolo e italiano)

Pandemia. Lo he dicho así que ya se debería haber entendido que el contexto de esta reflexión es lo que le ha estado sucediendo al mundo globalizado en los últimos años (a estas alturas podemos usar el plural y declarar extinta la esperanza del fenómeno “efímero”).

Horkheimer tenía razón, somos la epifanía de su profecía y vivimos en la era de sociedades plenamente administradas. Vida y salud incluidas. Los gobiernos deciden quién debe salvarse primero y lo hacen según esquemas mentales que corresponden a las jerarquías responsables de la gestión de las instituciones. Si los dinosaurios de un mundo en crisis están gobernando, los primeros en salvarse deben ser los dinosaurios. La estrategia no es colectiva, sino jerárquica. La retrospectiva nos hace comprender que la crisis económica y social, así como la psicológica y antropológica, habría sido menor si las prioridades se hubieran revertido y hubiéramos comenzado a salvaguardar la parte más joven, fuerte y móvil del país, como lo habría hecho una comunidad tradicional en la que las instituciones y su lenguaje, la burocracia, aún no habían ocupado el lugar de las personas. No me extraña que la variante delta del virus, a día de hoy, sea mucho más agresiva y que este riesgo, previsible, lo hayamos dejado a los más jóvenes después de habernos asegurado la vacuna a nosotros adultos, ancianos, viejos, muy viejos y dinosaurios.

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Quando un/a cretina/o era un/a cretino/a

Ed Elohim creò l’Uomo a sua immagine: ad immagine di Elohim lo creò: maschio e femmina li creò (Genesi, 1, 27).

In origine, dunque, non era più che un dato di natura la differenza maschio-femmina. Quando questa differenza si è fatta cultura, ha invece dato vita a una infinita varietà di stupidaggini. Il “politically correct” è la lingua ufficiale della imbecillità diffusa.

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El otro Covid – L’altro Covid

(testo in spagnolo e italiano)

La pandemia ha estado alimentando el imaginario colectivo durante más de un año e influyendo en el tejido relacional a nivel mundial. Esto ya ha provocado la modificación de comportamientos generalizados con consecuencias relativas sobre las formas sociales que definen nuestra calidad de vida.

El martilleo cotidiano, intenso, compulsivo, detallado y superficial, profundo e inexacto, contradictorio e imponente, también ha provocado efectos devastadores en ese espacio cada vez más oculto que son nuestra conciencia y nuestro inconsciente. Leggi tutto “El otro Covid – L’altro Covid”