El duelo inevitable entre conciencia y burocracia

(testo in spagnolo e italiano)

Pandemia. Lo he dicho así que ya se debería haber entendido que el contexto de esta reflexión es lo que le ha estado sucediendo al mundo globalizado en los últimos años (a estas alturas podemos usar el plural y declarar extinta la esperanza del fenómeno “efímero”).

Horkheimer tenía razón, somos la epifanía de su profecía y vivimos en la era de sociedades plenamente administradas. Vida y salud incluidas. Los gobiernos deciden quién debe salvarse primero y lo hacen según esquemas mentales que corresponden a las jerarquías responsables de la gestión de las instituciones. Si los dinosaurios de un mundo en crisis están gobernando, los primeros en salvarse deben ser los dinosaurios. La estrategia no es colectiva, sino jerárquica. La retrospectiva nos hace comprender que la crisis económica y social, así como la psicológica y antropológica, habría sido menor si las prioridades se hubieran revertido y hubiéramos comenzado a salvaguardar la parte más joven, fuerte y móvil del país, como lo habría hecho una comunidad tradicional en la que las instituciones y su lenguaje, la burocracia, aún no habían ocupado el lugar de las personas. No me extraña que la variante delta del virus, a día de hoy, sea mucho más agresiva y que este riesgo, previsible, lo hayamos dejado a los más jóvenes después de habernos asegurado la vacuna a nosotros adultos, ancianos, viejos, muy viejos y dinosaurios.

El virus – y aquí importa poco si es culpa del ser humano o mérito de la naturaleza – es un emergente que nos muestra de manera definitiva en qué mundo vivimos. Un mundo complejo. Los filósofos nos habían advertido, quizás de forma excesivamente exigente, un poco oscura, a principios del siglo XX, pero sin duda a mediados del siglo pasado lo hicieron de formas mucho más asequibles y comprensibles. Como siempre, no escuchamos. Ni querido ni conocido, etc. Ya no importa. Por otro lado, Adorno había dicho que el mundo avanzaba hacia la pérdida del sentido crítico. Otra profecía cumplida. Y si lo hemos perdido, ¿cómo darnos cuenta de que todo evolucionaba hacia la “complejidad”? La pregunta que siempre me hago es: ¿por qué el mundo parece no darse cuenta de la complejidad? Quien tiene el poder de tomar decisiones importantes para el futuro de la humanidad no parece renunciar a una visión positivista que cree en el progreso sin fin, pero sabemos que progreso no significa evolución y no hay un solo intelectual que no sea consciente de la necesidad de realizar cambios importantes con respecto a los arreglos actuales del sistema social. Entonces, ¿por qué estos cambios no se convierten en decisiones políticas?

Sin embargo, por supuesto que hay quienes se han dado cuenta y en general son los que lideran gobiernos y grandes empresas y multinacionales que, con el tiempo, se han equipado para orientar y controlar la complejidad de la contemporaneidad. El único antídoto pudo haber sido la educación, pero el estado en el que la educación y la escuela sobreviven se conoce a causa de la aparente disputa entre los componentes políticos de cada país, que han hecho de este sector fundamental de la sociedad un simulacro del pasado feliz y guarnición de la hipocresía institucional que habla-bla-bla del mundo mejor que los jóvenes deberían traer. Salvo eliminar, prevenir, entorpecer todo proceso y recurso que pueda permitir precisamente a los jóvenes hacer el trabajo que debe estar a la altura de cada generación: producir cambios.

La pandemia nos muestra cómo se nos impide comprender la complejidad. Durante décadas, los gobiernos europeos se han reunido para establecer objetivos de crecimiento comunes, cada diez años. Desde que en Lisboa se comenzó a declarar que las sociedades deben evolucionar hacia una etapa de conocimiento generalizado, democrático y compartido, nunca se ha logrado ningún objetivo. Ninguna de las injusticias, desigualdades, asimetrías entre segmentos de la población se ha corregido o mejorado sustancialmente. Y la pandemia lo ha demostrado, exacerbando los ánimos y agudizando la sensación de crisis que sufren las sociedades contemporáneas más allá del bien y del mal. Personas, grupos y organizaciones están experimentando la misma reducción de espacios de libertad y autonomía. Mientras la vida de todos continúa… y no sabemos como.

Lo que se ofrece a las masas ciertamente no es la promesa de la sociedad del conocimiento, una en la que todos saben lo suficiente para tener un sentido crítico, sepan tomar decisiones, cumplir misiones rentables, transformar la sociedad, hacer el mundo mejor. El lenguaje de las instituciones, la burocracia, habla de la complicación y esconde la complejidad. Promete soluciones, ofrece subsidios, engaña con acuerdos aparentemente ventajosos para la población, pero fruto de los intereses de unos pocos, en fin, no permite captar el sentido de esta complejidad. De no ser así, se vendrían cosas impresionantes, como comentaría el doctor Emmett pensando en un regreso al futuro.

Intentemos revelar. La complejidad proviene del verbo complector que significa mantener todo unido, es decir, metafóricamente abrazar, entrelazar, tejer como en una hermosa alfombra (esta es la imagen querida por Morin, padre de la teoría de la complejidad) en la que cada hilo se entrelaza con los demás en órdenes de realidades diferentes generados por partes que a su vez generan un todo y este todo es más que la simple suma de los elementos de los que se originó: hilo, trama, urdimbre, nudos, vellón, flecos, orillos, etc. Básicamente, una imagen del mundo mejor que todos decimos que queremos. Que de hecho no está ahí.

Complicado, por otro lado, proviene del verbo cum-plicare que significa plegar juntos y complicado significa: con pliegues. Evidente cómo los “pliegues” sean sinónimo de algo escondido entre los pliegues. En resumen, tenemos todos los elementos para desconfiar de la complicación; sin embargo, estamos sujetos a ella y a su forma jurídica que es la burocracia. Por supuesto, no faltan las manifestaciones de cansancio e irritación ante la burocracia, pero ¿cómo es posible que todo gobierno lo convierta en una bandera de la necesidad de simplificar la burocracia y nadie lo consiga? Al menos deberíamos preguntarnos si realmente lo quieren.

Y la explicación en este punto es simple. Ante algo complicado, es necesario recurrir a un experto que conozca ese “algo” de forma total, que lo domine de arriba por abajo, que lo controle plenamente para identificar el camino que ayuda a salir del laberinto, de las famosas trabas burocráticas. En Italia se usa una frase, pastoie burocratiche, donde la palabra, pastoia, proviene de un recinto semántico en el que se encuentran el pasto y el rebaño y es significativo también que pasto signifique alimento. Pastoie, originalmente, eran vínculos con los que el pastor controlaba el rebaño bloqueando sus patas delanteras. Me parecen ser orígenes importantes de lo que llamamos burocracia, y llama la atención que en general se siga pensando que, sin embargo, la burocracia es necesaria. En esencia, la complicación es una herramienta de control y poder.

La complejidad, en cambio, presupone un sentido crítico y un deseo de aventura, de libertad. La complejidad no permite que nadie se quede con “la solución” y menos aún es posible conocer cada detalle, controlar todo porque la complejidad, al fin y al cabo, es un desafío más que una ciencia, un desafío con el que el hombre concreta su libre albedrío, su naturaleza de ser sintiente y pensante, que sabe emocionarse, que experimenta la creatividad como la forma natural de su ser, que piensa críticamente y que ve en el Otro el complemento natural de su propio Yo, consciente de que de esta dualidad nace la unidad que da sentido al mundo y lo mejora.

La primera opción te permite sentarte en el sofá, frente al televisor, esperando que alguien nos ofrezca sus servicios (a cambio de algo, claro). El segundo nos pide que salgamos a la luz, afrontemos la incertidumbre constitutiva de la vida y emprendamos un camino que nos llevará a descubrir quiénes somos. Siempre que lo queramos realmente. De modo que al final, siempre estamos en medio de dos duelistas: por un lado la conciencia, con su compromiso y sus incertidumbres, por el otro la burocracia, con sus certezas y su control.

Y Vos, ¿de qué lado estás?


Pandemia. L’ho detto e già si è capito che il contesto di questa riflessione è quanto sta accadendo al mondo globalizzato in questi anni (ormai possiamo usare il plurale e dichiarare estinta la speranza del fenomeno “effimero”).

Aveva ragione Horkheimer, noi siamo l’epifania della sua profezia e stiamo vivendo l’era delle società totalmente amministrate. Vita e salute comprese. I governi decidono chi deve salvarsi per primo e lo fanno secondo schemi mentali che corrispondono alle gerarchie deputate alla gestione delle istituzioni. Se a governare sono i dinosauri di un mondo in crisi, i primi a salvarsi devono essere i dinosauri. La strategia non è collettiva, bensì gerarchica. Il senno del poi ci fa capire che la crisi economica e sociale, oltre che psicologica ed antropologica, sarebbe stata minore se le priorità fossero state inverse e avessimo cominciato a salvaguardare la parte più giovane, forte e mobile del paese, come avrebbe fatto una comunità tradizionale in cui le istituzioni e il suo linguaggio, la burocrazia, ancora non avessero preso il posto delle persone. Non mi stupisce che la variante delta del virus, oggi, sia molto più aggressiva e che questo rischio, prevedibile, lo abbiamo lasciato ai più giovani dopo esserci assicurati il vaccino noi adulti, anziani, vecchi, vecchissimi e dinosauri.

Il virus – e qui poco importa se sia colpa di umani o merito della natura – è un emergente che ci mostra in modo definitivo in che mondo stiamo vivendo. Un mondo complesso. I filosofi ci avevano avvertito, magari in modo eccessivamente impegnativo ai principi del Novecento, ma senza dubbio a metà del secolo scorso lo hanno fatto in forme molto più abbordabili e comprensibili. Come sempre, non abbiamo ascoltato. Né voluto, né saputo, etc. Ormai non ha più importanza. D’altra parte, Adorno aveva detto che il mondo andava verso la perdita del senso critico. Altra profezia avverata. E se lo abbiamo perso, come accorgersi che tutto evolveva verso la “complessità”? La domanda che sempre mi faccio è: come mai il mondo sembra non accorgersi della complessità? Chi ha il potere di prendere decisioni importanti per il futuro dell’umanità, sembra non rinunciare a una visione positivista che crede in un progresso senza fine, ma noi sappiamo progresso non significa evoluzione e non vi è un solo intellettuale che non sia consapevole della necessità di procedere a grandi cambiamenti rispetto agli assetti attuali del sistema sociale. Come mai allora questi cambiamenti non diventano decisioni politiche?

Naturalmente, però, c’è chi se ne è accorto e in generale si tratta di coloro che guidano governi e grandi imprese e multinazionali che, per tempo, si sono attrezzati per guidare e controllare la complessità della contemporaneità. Il solo antidoto avrebbe potuto essere l’educazione, ma è noto lo stato in cui sopravvivono l’educazione e la scuola a causa dell’apparente litigiosità tra le componenti politiche di ogni paese, facendo di questo settore fondamentale della società un simulacro di un tempo felice e presidio della recita istituzionale sul mondo migliore che i giovani dovrebbero portare. Salvo eliminare, impedire, ostacolare ogni processo e risorsa che potesse appunto permettere ai giovani di fare quel lavoro che spetterebbe ad ogni generazione: apportare il cambiamento.

La pandemia ci mostra come ci venga impedito di comprendere la complessità. Da decenni i governi europei si riuniscono per stabilire gli obiettivi di crescita comune, ogni dieci anni. Da quando a Lisbona si è iniziato a dichiarare che le società devono evolvere verso uno stadio di conoscenza diffusa, democratica e condivisa, nessun obiettivo è stato mai centrato. Nessuna delle ingiustizie, delle disuguaglianze, delle asimmetrie tra fasce della popolazione è stata corretta o sostanzialmente migliorata. E la pandemia lo ha dimostrato, esacerbando gli animi e acuendo il senso di crisi che le società contemporanee soffrono al di là del bene e del male. Persone, gruppi e organizzazioni stanno vivendo la medesima riduzione di spazi di libertà ed autonomia. Mentre la vita di tutti corre… e non si sa come.

Ciò che alle masse viene offerto non è certo la promessa della società della conoscenza, quella in cui tutti sanno abbastanza per avere senso critico, saper fare scelte, compiere missioni vantaggiose, trasformare la società, rendere migliore il mondo. Il linguaggio delle istituzioni, la burocrazia, parla della complicazione e nasconde la complessità. Promette soluzioni, offre sussidi, illude con accordi apparentemente vantaggiosi per la popolazione, ma frutto degli interessi di pochi, insomma non permette che di tale complessità si colga il senso. Se così non fosse, se ne vedrebbero delle belle, come commenterebbe il dottor Emmett pensando ad un ritorno al futuro.

Cerchiamo di svelare. Complessità viene dal verbo complector che significa tenere tutto insieme, cioè metaforicamente abbracciare, intrecciare, tessere come in un bel tappeto (questa l’immagine cara a Morin, padre della teoria della complessità) in cui ogni filo è intrecciato con gli altri su ordini di realtà differenti generati da parti che a loro volta generano un intero e questo intero, questo tutto, è più della semplice somma degli elementi da cui ha avuto origine: filo, trama, ordito, nodi, vello, frangia, cimose, etc. Praticamente un’immagine del mondo migliore che tutto diciamo di volere. Che infatti non c’è.

Complicato, invece, viene dal verbo cum-plicare che significa piegare insieme e complicato significa: con pieghe. Chi non ricorda come proprio le “pieghe” siano sinonimo di qualcosa di, appunto, nascosto tra le pieghe? E pensando alla radice verbale, piegare, chi non ricorda che il vero uomo è colui che non si lascia piegare? Insomma, abbiamo tutti gli elementi per diffidare della complicazione; eppure, soggiacciamo ad essa e a quella sua espressione legale che è la burocrazia. Certo, non mancano le manifestazioni di stanchezza e irritazione contro le lungaggini burocratiche, ma come è possibile che ogni governo se ne faccia una bandiera dell’esigenza di semplificare la burocrazia e nessuno vi riesce? Viene almeno da chiedersi se lo vogliono davvero.

E la spiegazione a questo punto è semplice. Davanti a qualcosa di complicato, è necessario ricorrere ad un esperto che conosca quel “qualcosa” in modo totale, che lo padroneggi da cima a fondo, che lo controlli a pieno così da individuare la via che aiuta ad uscire dal labirinto, dalle famose pastoie burocratiche. C’è da stupirsi se questa frase così nota si serve di una parola, pastoia, che viene da un recinto semantico in cui si trovano il pascolo, il gregge e quel pascere che significa “nutrire”? Pastoie, in origine, erano vincoli con cui il pastore controllava il gregge bloccandogli le zampe anteriori. Mi sembrano origini significative per ciò che chiamiamo burocrazia, specie considerando che in generale continuiamo a sostenere che, però, è necessaria. In sostanza, la complicazione è uno strumento di controllo e potere.

La complessità, al contrario, presuppone senso critico e voglia di avventura, di libertà. La complessità non consente a nessuno di tenere “la soluzione” e tantomeno di conoscere ogni dettaglio, di controllare ogni cosa perché la complessità, tutto sommato, è una sfida più che una scienza, una sfida con cui l’uomo rende concreto il suo libero arbitrio e la sua natura di essere senziente e pensante, che sa emozionarsi, che vive la creatività come forma naturale del suo essere se stesso, che pensa in modo critico e che vede nell’Altro il naturale complemento del proprio Io, consapevole che proprio da questa dualità nasce l’unità che dà senso al mondo e lo rende migliore.

La prima opzione permette di stare seduti sul divano, davanti alla televisione, aspettando che qualcuno ci offra i suoi servigi (in cambio di qualcosa, ovvio). La seconda ci chiede di uscire alo scoperto, affrontare l’incertezza costitutiva della vita e iniziare un cammino che ci condurrà a scoprire chi siamo. Sempre che lo vogliamo veramente. Così che alla fine, sempre stiamo in mezzo a due duellanti: da una parte la consapevolezza, con il suo impegno e le sue incertezze, dall’altra la burocrazia, con le sue sicurezze e il suo controllo.

E Tu, da che parte stai?

El otro Covid – L’altro Covid

(testo in spagnolo e italiano)

La pandemia ha estado alimentando el imaginario colectivo durante más de un año e influyendo en el tejido relacional a nivel mundial. Esto ya ha provocado la modificación de comportamientos generalizados con consecuencias relativas sobre las formas sociales que definen nuestra calidad de vida.

El martilleo cotidiano, intenso, compulsivo, detallado y superficial, profundo e inexacto, contradictorio e imponente, también ha provocado efectos devastadores en ese espacio cada vez más oculto que son nuestra conciencia y nuestro inconsciente. Leggi tutto “El otro Covid – L’altro Covid”

Pandemia: il più grande fenomeno (non) controllato di Bias confermativo

Sappiamo tutti cosa sia concretamente una pandemia. Lo abbiamo imparato nel 2020 per ragioni di forza maggiore che ci hanno costretto ad uscire da una nozione teorica per sperimentare sulle nostre vite cosa significhi condividere a livello mondiale un problema epidemico.

Quello che non sappiamo ancora è cosa in realtà sta succedendo alla società della globalizzazione. Fino ad oggi, con questo termine abbiamo inteso fenomeni legati al commercio e alla finanza. La classifica annuale dei tycoon passata dai media di tutto il pianeta è un elemento rappresentativo e simbolico di questa concezione. Non era ancora accaduto che la società globale, intesa come massa di miliardi di persone in carne ossa e vita, sperimentasse su se stessa il contenuto di questo epocale cambiamento. La possibilità di viaggiare con RyanAir a costi accessibili per tutti, di acquistare on line un tavolo per la cucina fatto a Singapore e spedito con Amazon e altre divertenti cose simili ci restituivano una immagine simpatica e desiderabile della globalizzazione. Altra cosa è stata la sofferenza derivante dalle misure restrittive della libertà personale imposte da protocolli di salute pubblica che i vari paesi del mondo hanno assunto quasi unanimemente. Leggi tutto “Pandemia: il più grande fenomeno (non) controllato di Bias confermativo”

Educazione e futuro. Ma quale?

Ci siamo. Ecco la nuova squadra di governo. Venticinque tra uomini e donne, con un rapporto di diciassette a otto che sembra una realistica rappresentazione del diverso grado di interesse alla politica dei due universi, se proprio si deve farne una questione di genere.

Dieci componenti sono in quota “tecnici”, ovvero coloro ai quali è demandato il compito di salvare il Paese che però è dagli anni Settanta del secolo scorso che deve sempre essere salvato (cfr. mio articolo precedente). Quindici sono la garanzia che si tratta di un governo politico nel senso delle chiacchiere con cui in Italia si gioca a far finta di ricercare il bene del paese. Quattro ai cinque stelle perché mantengano il primato conseguito alle elezioni a cui ci stiamo disabituando come alla libertà a causa del Covid; tre a Forza Italia, tre alla Lega, tre al PD perché possa esserci il maggior consenso possibile nell’arena di Montecitorio; uno a LEU perché aveva posto un veto alla Lega ma poi ha detto che no e poi… nessuno sa perché insomma. Leggi tutto “Educazione e futuro. Ma quale?”

Boom Italia

Sono nato nel 1962 . Gli anni del Boom economico italiano. Ma questo l’ho appreso dai libri di storia. A quel tempo ero troppo piccolo per avere memoria di questa età felice del nostro Paese. I primi ricordi che ho della situazione sociale e politica italiana risalgono agli anni Settanta, quelli della crisi petrolifera e delle sue ripercussioni per un intero decennio e in tutto il mondo. Il ricordo delle domeniche in bicicletta a causa dell’austerity, non basta a salvare il decennio che precipitò il Paese negli orrori di una contestazione sociale che ha condizionato il nostro futuro politico, sociale e culturale. Leggi tutto “Boom Italia”

Solitudine dei numeri primi: Sam Bartram e Hiroo Onoda

“Era il 25 dicembre 1937 e a Stamford Bridge si affrontavano Chelsea e Charlton Athletic. Al 55′, sul punteggio di 1-1, l’arbitro e i capitani decisero per la sospensione della gara ma l’estremo difensore – e in seguito leggenda – degli Addicks non se ne accorse e rimase in campo per mezz’ora in uno stadio ormai vuoto. Lo ritrovò un poliziotto a cui spiegò: “Pensavo stessimo attaccando da un po’”. (https://www.ilmemoriale.it/sport-spettacolo/2018/10/18/la-storia-di-sam-bartram-il-portiere-perso-nella-nebbia.html). Leggi tutto “Solitudine dei numeri primi: Sam Bartram e Hiroo Onoda”

Perché essere orgogliosi dell’omosessualità?

30 giugno 2019

Quando si parla di omosessualità, molto spesso si associa un concetto, un valore che presumibilmente dovrebbe essere espresso dalla parola “orgoglio”. I giornalisti, che per natura sono dipendenti dalle scorciatoie espressive e dunque sempre inclini all’uso di etichette e luoghi comuni, corroborano tale associazione al punto che statisticamente omosessualità e orgoglio sono connessi come Murano e Burano, muschi e licheni, Inter e Milan e così via. Ma resta la domanda, mai banale, perché l’omosessualità necessita di orgoglio? Che relazione esiste tra i due termini? Che funzione svolge sul piano sociale e comunicativo? E, infine, siamo sicuri che questa associazione faccia del bene agli obiettivi socio-culturali di un movimento che sostanzialmente dovrebbe essere di rivendicazione di pari diritti e dignità? (e qui uso temporaneamente il termine “dignità”, a mia volta per esigenze di immediatezza esplicativa). Leggi tutto “Perché essere orgogliosi dell’omosessualità?”

Dentro la scuola italiana: le sue ombre svelate da un preside coraggioso

intervista di Fabio Macaluso sul blog “Impronte digitali”, L’ESPRESSO del 5 ottobre 2018 http://improntedigitali.blogautore.espresso.repubblica.it/2018/10/05/dentro-la-scuola-italiana-le-sue-ombre-svelate-da-un-preside-coraggioso/

Giampiero Finocchiaro è un protagonista della scuola italiana che si inserisce a pieno titolo nel solco degli educatori che aprono nuove strade.

Filosofo e antropologo, è stato docente e dirigente scolastico. Per scelta ha diretto per un periodo durato più di un decennio una scuola di frontiera nella disagiata periferia ovest di Palermo, realizzandovi, aderendo a una realtà difficile, un progetto educativo innovativo.

Oggi dirige l’Ufficio scolastico del Consolato generale d’Italia di Buenos Aires.

Finocchiaro ha pubblicato diversi volumi di narrativa e teatro e un insieme di saggi dedicati al mondo scolastico.

In coincidenza con l’apertura dell’anno scolastico e in seguito alla lettura del suo ultimo testo “La scuola di chi” è nata questa conversazione, che ha natura disvelatrice su una delle realtà più complesse e “fatiscenti” del nostro sistema politico e sociale.

Professor Finocchiaro si parla tantissimo di scuola, ma sfugge esattamente cosa facciano e in quale quadro operino gli operatori dell’istruzione e come vengano “serviti” gli alunni. Può brevemente descrivere un ambiente scolastico ordinario?

Le scuole sono ambienti di lavoro paradossali. Vi vige una rigorosa procedura di programmazione eppure si vive sempre in emergenza. Il male assoluto è la falsa autonomia che non fornisce gli strumenti necessari. In termini generali, le strutture edilizie patiscono i conflitti gestionali tra Comuni e Presidi, le strumentazioni soffrono l’impossibilità di provvedere alla manutenzione, la vita scolastica patisce lo scarso valore sociale della figura docente e l’aggressività genitoriale, il progetto formativo riflette l’incompatibilità con la vecchia struttura del percorso in tre gradi e, alla tirata dei conti, gli alunni subiscono la scuola tout court. In questo quadro generale e disarmante, chissà per quale miracolo, esistono realtà stupefacenti, ma sempre frutto di dedizione e sacrificio il cui merito è di singole eroiche persone.

L’Espresso ha svelato in un recente dossier che dal 1995 a oggi hanno abbandonato la scuola 3milioni e mezzo di studenti. Dice il nostro giornale: «Il deserto avanza. E il sistema che dovrebbe dare futuro alle nuove piante ne lascia invece seccare una su quattro».

Lo so e non mi stupisce, io stesso se rinascessi oggi non andrei a scuola nemmeno come alunno. Ogni sana energia che vi circola è destinata alla frustrazione professionale, come dimostrano le statistiche sullo stress da lavoro correlato. La pubblica amministrazione è ricca di doti che non sa premiare ed è al contempo zeppa di inutile o dannosa zavorra che non sa eliminare. Gli alunni di ogni età pagano il dazio a una idea di scuola che è serva dei bisogni degli adulti: dai genitori che devono poter lasciare i figli da qualche parte ai docenti che esigono e ottengono di avere lo stesso lavoro anche quando, col loro profilo, non servirebbero più in un quadro di svecchiamento complessivo. Quando nella mia scuola ho avuto bisogno di dare più spazio all’insegnamento dello spagnolo, ho dovuto mantenere una cattedra intera di francese perché la titolare, in part time al 50%, aveva un diritto prioritario a riavere la sede di titolarità alle medesime condizioni in cui l’aveva lasciata. Questo e tanti altri meccanismi dimostrano che la centralità degli alunni è solo un auspicio.

Cesare Moreno, tra i fondatori del progetto “Chance” a Napoli, ritiene che nel nostro sistema continua a mancare un pezzo fondamentale: «abbiamo una scuola parolaia, ancorata alla cattedra, mentre servono più pratiche, meno prediche».

Conosco quel progetto che è frutto di una équipe di cui fa parte anche l’ex Sottosegretario all’Istruzione Marco Rossi Doria che ha anche scritto l’Introduzione del primo di tre libri in cui ho spiegato il mio progetto formativo: “Autonomia e Innovazione” del 2009. Lui stesso, da Sottosegretario, è voluto venire, seppure in visita privata, nella mia scuola (la “Laura Lanza” di Carini) per comprendere il funzionamento del progetto centrato sul Senso del Bello e l’Innovazione che abbiamo chiamato Metodo EDUCANDOIT. La loro iniziativa riguarda l’area partenopea, la mia quella panormita. Sono analoghe per impianto teorico, assetto metodologico, contesto socio-culturale e target group. In entrambi i casi si è dato spazio a una didattica laboratoriale, informale, circolare che ha messo al centro le individualità degli alunni e fatto del ruolo docente uno strumento facilitatore. Appunto, meno prediche e più pratiche, quindi meno individualità e più comunità.

Il sottotitolo del suo ultimo saggio recita «come realizzare la centralità degli alunni». Nella sua esperienza, lei ci è riuscito?

Nella mia scuola abbiamo lavorato per rendere gli alunni protagonisti reali. Gli allievi volevano la settimana corta, le docenti no, sebbene litigassero per il sabato libero. Abbiamo chiuso il sabato. Le docenti non volevano la responsabilità strumenti tecnologici da usare in classe e li abbiamo affidate agli studenti. Alla scuola media abbiamo diviso le cattedre di lettere e quelle di matematica, creando consigli di classe più numerosi che hanno permesso rapporti più equilibrati in fase di valutazione degli studenti e valorizzato la professionalità delle docenti. Abbiamo affidato le procedure per la sicurezza agli alunni, dalla prima elementare in poi, perché in ogni classe ci saranno sempre alunni presenti mentre la presenza delle docenti è aleatoria e le supplenti di breve permanenza non fanno in tempo ad addestrarsi. Ogni aspetto della vita scolastica è stato centrato sulla comunità giovanile che ha imparato ad amare la scuola come luogo di incontro. Già nel primo anno abbiamo azzerato il vandalismo che aveva reso la scuola un luogo sporco e triste.

Il suo lavoro afferma che la scuola italiana è vecchia perché «è centrata, organizzata sui bisogni degli adulti che ci lavorano». Aggiungerei che il dibattito sulla scuola non viene seguito proprio dai più giovani e che nella stanza dei bottoni vi sono i burocrati ministeriali condizionati dalle forze di governo, qualsiasi colore abbiano.

Il caso della docente di francese è solo uno dei tanti meccanismi di cui parlo nel mio saggio e che dimostrano questa tesi. I giovani “sopportano” la scuola come un rito di passaggio. Viviamo in una società ricca di occasioni “altre” di apprendimento che dovrebbero essere la prima forma di individualizzazione degli apprendimenti. L’attuale sistema di riconoscimento dei crediti per attività extra, non è sufficiente, è solo una rete istituzionale di percorsi rigidi che l’alunno ha facoltà di seguire. In sostanza l’alunno compone un puzzle con i pezzi predisposti dallo Stato. Centralità dell’alunno è l’opposto, è lo Stato che mette insieme i pezzi dell’alunno e ne stila una forma certificata perché divenga spendibile nel successivo percorso di studi o lavoro. Sarebbe il senso più proprio dell’ē- dūcĕre latino. Il sintomo più evidente è l’incidenza di quei casi di alunni che vivono stentatamente la scuola mentre brillano all’università, una volta focalizzata la loro attenzione in un ambito più congeniale. Urge una riforma dei cicli scolastici, la scuola media non serve più e non a caso, tra i pessimi risultati internazionali della nostra scuola, è il segmento peggiore in assoluto.

Andiamo a un tema che ritorna spesso nell’analisi del sistema scuola: la frattura tra generazioni. Come nota lei, non vi è conflitto perché vi è una colpa «di quel gregge opaco che si rifugia in una contestazione mistificatrice per pascolare in situazioni di comodo acquisite». Può chiarire un giudizio così duro?

Guardi, la frattura fra generazioni è un fenomeno sociale ampio e datato. Il tema è che gli adulti pensano sempre, in modo auto referenziale, che i giovani siano “meno” di come erano loro alla stessa età. E quando invece sono preoccupati per i nuovi mali del mondo, gli adulti si lasciano sfuggire una legge dell’evoluzione umana: ogni nuova generazione ha anticorpi con cui contrastare ciò che alle vecchie generazioni appare insormontabile. Di questa fiducia non c’è testimonianza diretta nel sistema scolastico, che è invece basato su un’idea troppo assistenzialista e anti pedagogica. Ci sforziamo di togliere agli alunni ogni pericolo e rischio, ma senza rischio non c’è scelta, non c’è identità e non c’è modo di capire la differenza tra causa ed effetto. Questo impedisce ai giovani di diventare adulti responsabili e costruirsi una identità reale. Il presupposto per un dialogo generazionale è appunto la conquista di una identità collettiva che oggi, nella società di massa, è impedita.

D’altro canto, secondo lei, «il vulnus di ogni riforma sta nella difficoltà di ripensare alla base il ruolo e la figura del docente di scuola».

Chi si recasse in una scuola, anche avesse 500 anni, capirebbe che è una scuola. Tutto il resto del volto sociale è profondamente cambiato. Però se si entra nelle classi si comprende la differenza tra una docente conferenziera che starà in cattedra e rimprovererà ogni distrazione degli alunni, e un docente facilitatore che avrà messo la cattedra in un angolo per muoversi liberamente e stare insieme agli alunni durante un lavoro laboratoriale. Vi sono larghe sacche di resistenza in una categoria formata da filosofi e avvocati, fisici e musicisti, ingegneri e poeti, architetti e atleti, tutte persone con profili diversi e idee diverse sul proprio ruolo a scuola. E non si dimentichi che per decenni abbiamo affidato la cosa per noi più preziosa, i figli, a semplici laureati che non avevano mai studiato pedagogia o psicologia, che non avevano gli strumenti minimi per muoversi in un ambiente con minori. Nessuno, in caso di grave malattia, affiderebbe la propria salute a un neo laureato in medicina; nessuno davanti al rischio di un licenziamento si affiderebbe ad un neo laureato in legge. Eppure i nostri figli li abbiamo messi nelle mani di persone che non avevano la più pallida idea di cosa fosse l’età evolutiva, di come si valutasse, di come si costruisse un’unità didattica. C’è voluta l’ingiustamente deprecata riforma Renzi per avviare un cambiamento.

La scuola dovrebbe svolgere la propria missione di sperimentatore e organizzatore del cambiamento, quasi in senso universale.

Popper diceva che ogni essere vivente ricerca un mondo migliore. Un inguaribile ottimista. Il cambiamento è una tensione che si nutre di senso critico, attitudine umana il cui elogio funebre decretò già Adorno a metà degli anni Settanta quando intravide e intuì la deriva “affarista” che a breve avrebbe sepolto le ideologie. Ripeto che la scuola è per definizione un laboratorio dove ogni società dovrebbe immaginare e preparare il proprio futuro, senza pregiudizi e condizionamenti. Quando non lo fa o lo fa male, non è per caso. L’ignoranza diffusa, infatti, tutela il potere dai rischi del cambiamento. La nostra società è centrata su una visione economicistica. Questo significa che prevale la ricerca di stabilità, secondo l’imperativo dei mercati finanziari che del cambiamento hanno timore. La scuola, però, è motore di cambiamento, o almeno dovrebbe. In buona sintesi, vedo una ostilità non confessata nei confronti della scuola, né bastano gli auspici istituzionali dei discorsi ufficiali. Ciò che conta sono i numeri? Allora mi sembrano conferme le politiche di tutti i governi che sulla scuola hanno investito percentuali inadeguate del PIL, preferendo finanziare altri settori della vita sociale da cui però non è scaturito né cambiamento né miglioramento.

Non è difficile svolgere questo ruolo in una società liquida secondo l’insegnamento di Bauman, dove vige la cultura del disimpegno, della discontinuità e della dimenticanza?

Tutto ciò che è efficace pedagogicamente è imbrigliato, depotenziato, disinnescato da una selva di regolamenti che hanno abbassato il livello qualitativo della relazione docenti-alunni, il solo spazio relazionale ufficiale residuo dove curare le derive del disimpegno. Vi sono molte esperienze eccellenti e buone sparse nel Paese, ma non fanno sistema. Si crede ancora che una buona prassi realizzata in un singolo contesto spazio-temporale possa e debba estendersi a macchia d’olio. L’opposto di ciò che serve in una società liquida, ovvero valorizzare le differenze sparse nel Paese che con diversi strumenti e differenti metodi raggiungono risultati assimilabili in termini di successo formativo. Senza buoni esempi, senza la concretezza della coerenza agita dal mondo della scuola, le giovani generazioni sono trascinate dal mooddella superficialità che regna sovrano tra televisione e internet, ovvero nel mondo virtuale retto dalle leggi di mercato. Contro i mali di cui lei dice, la scuola dovrebbe almeno essere rifondata a partire da una revisione dei cicli che dovrebbero essere due, con il definitivo accorpamento della scuola media a un ciclo primario di sette anni. Ciò farebbe da volano per una ristrutturazione complessiva.

La scuola non deve in ogni caso, come prevede la Costituzione, favorire l’uguaglianza e il funzionamento degli ascensori sociali? Ne ha scritto Christian Raimo in un saggio chiamato “Tutti i banchi sono uguali”.

È pura teoria, dovrebbe ma non lo fa. Io ho sempre lavorato in trincee di disagio e violenza elevati. Le tesi di Raimo coincidono con quelle da me esposte nel mio libro. Questa uguaglianza resta sulla carta, non c’è strutturalmente. Un esempio: nel 2007 al mio arrivo in una scuola di trincea dove abbiamo inventato il Metodo EDUCANDOIT e avviato un percorso formativo basato su Senso del Bello e Innovazione, ho introdotto la valutazione centralizzata degli alunni. Davanti a un computer, a ogni trimestre, essi rispondevano ad alcune domande su tre discipline basilari. Si oppose un gruppo capitanato da una docente nota per non assegnare mai il 10, e sempre tirata nei voti. Nella sua classe, una terza media, vi erano: una alunna a cui dava sempre 9 ed un alunno a cui assegnava solo 4. Nella prima valutazione oggettiva (e nelle successive), senza la presenza della docente di classe, l’alunna prese 7 e l’alunno 6. Deduca lei.

Intanto, secondo uno studio recente, su 100 studenti che ottengono la licenza media, 75 arrivano al diploma e solo 18 alla laurea. Dice il rapporto, «se si trattasse di una fabbrica, sarebbe già chiusa da tempo. Un sistema formativo che fabbrica dispersione è una macchina che gira a vuoto».

In effetti, considerata come comunità lavorativa, la scuola denuncia tutta la sua inadeguatezza. Basterebbe confrontare il tasso di assenteismo della categoria lavoratori scolastici con quelle di altri ambienti pure del pubblico impiego per comprendere che è difficile “mandare avanti la baracca”. C’è un sistema di leggi elefantiaco, una produzione di nuove norme e novellamenti che rende quasi impossibile non commettere errori che danno vita a ricorsi di ogni genere che impantanano la vita scolastica. Si aggiunga la pioggia di regolamenti nuovi che vengono continuamente editati da ogni governo. Impossibile stare dietro a tutto, si procede per buon senso, buona volontà e nella speranza di non farla grossa. Cito due piccole aperture autonomistiche: la prima affidava ai presidi il compito di individuare e premiare i meritevoli, ma si è trasformata, dopo appena due anni, in un’ennesima distribuzione a pioggia; la seconda permetteva loro di assumere pochissimi docenti selezionati entro una lista predisposta dai provveditorati. Entrambe naufragate nel passaggio di Ministero dalla Giannini alla Fedeli, docente la prima, sindacalista la seconda.

Lei chiude il suo libro con una metafora interessante. Proviamo a immaginare cosa dovrebbe stare dentro la borsa di un docente.

La cosa più antica del mondo, la consapevolezza del ruolo dell’educatore: la capacità di dare l’esempio. Le basterà confrontare i dati sulla presenza dei docenti alle assemblee per le quali è previsto l’esonero dalle lezioni con quelli sulla presenza degli alunni alle assemblee che prevedono l’interruzione delle attività didattiche. Gli stessi. Si renderà conto che la scuola rischia di essere il luogo in cui si replicano quei difetti sociali che un laboratorio per il cambiamento, qual è la scuola, dovrebbe cancellare e sostituire con virtù civiche. Il Ministero ha compiuto un grande sforzo per rinnovare la strumentazione delle aule, una delle buone cose che pur esistono e si fanno. Ma ricordo anzitutto a me stesso, che pur in assenza di nuove tecnologie, dove c’è un vero “maestro” ci saranno comunque sia buona educazione sia alunni che non lo dimenticheranno mai.Condividi:

Tra Heidegger e il Covid 19

Il tempo che stiamo vivendo, viene definito da tutti come un tempo “sospeso”. Questa sensazione generale, quasi unanimemente condivisa, pone delle domande, su cosa significhi “sospeso” e, appesa alla precedente, per quanto tempo durerà questo tempo. Il nostro “essere”, cioè, vive una diversa dimensione temporale, una dimensione nella quale il tempo non è più solo una coordinata spaziale, correlata con la dimensione fisica dello spazio, ma diviene dimensione ontologica in cui ciascuno esplora uno spazio dimenticato o che ci si è abituati a ritenere residuale: la nostra interiorità. Leggi tutto “Tra Heidegger e il Covid 19”