El duelo inevitable entre conciencia y burocracia

(testo in spagnolo e italiano)

Pandemia. Lo he dicho así que ya se debería haber entendido que el contexto de esta reflexión es lo que le ha estado sucediendo al mundo globalizado en los últimos años (a estas alturas podemos usar el plural y declarar extinta la esperanza del fenómeno “efímero”).

Horkheimer tenía razón, somos la epifanía de su profecía y vivimos en la era de sociedades plenamente administradas. Vida y salud incluidas. Los gobiernos deciden quién debe salvarse primero y lo hacen según esquemas mentales que corresponden a las jerarquías responsables de la gestión de las instituciones. Si los dinosaurios de un mundo en crisis están gobernando, los primeros en salvarse deben ser los dinosaurios. La estrategia no es colectiva, sino jerárquica. La retrospectiva nos hace comprender que la crisis económica y social, así como la psicológica y antropológica, habría sido menor si las prioridades se hubieran revertido y hubiéramos comenzado a salvaguardar la parte más joven, fuerte y móvil del país, como lo habría hecho una comunidad tradicional en la que las instituciones y su lenguaje, la burocracia, aún no habían ocupado el lugar de las personas. No me extraña que la variante delta del virus, a día de hoy, sea mucho más agresiva y que este riesgo, previsible, lo hayamos dejado a los más jóvenes después de habernos asegurado la vacuna a nosotros adultos, ancianos, viejos, muy viejos y dinosaurios.

El virus – y aquí importa poco si es culpa del ser humano o mérito de la naturaleza – es un emergente que nos muestra de manera definitiva en qué mundo vivimos. Un mundo complejo. Los filósofos nos habían advertido, quizás de forma excesivamente exigente, un poco oscura, a principios del siglo XX, pero sin duda a mediados del siglo pasado lo hicieron de formas mucho más asequibles y comprensibles. Como siempre, no escuchamos. Ni querido ni conocido, etc. Ya no importa. Por otro lado, Adorno había dicho que el mundo avanzaba hacia la pérdida del sentido crítico. Otra profecía cumplida. Y si lo hemos perdido, ¿cómo darnos cuenta de que todo evolucionaba hacia la “complejidad”? La pregunta que siempre me hago es: ¿por qué el mundo parece no darse cuenta de la complejidad? Quien tiene el poder de tomar decisiones importantes para el futuro de la humanidad no parece renunciar a una visión positivista que cree en el progreso sin fin, pero sabemos que progreso no significa evolución y no hay un solo intelectual que no sea consciente de la necesidad de realizar cambios importantes con respecto a los arreglos actuales del sistema social. Entonces, ¿por qué estos cambios no se convierten en decisiones políticas?

Sin embargo, por supuesto que hay quienes se han dado cuenta y en general son los que lideran gobiernos y grandes empresas y multinacionales que, con el tiempo, se han equipado para orientar y controlar la complejidad de la contemporaneidad. El único antídoto pudo haber sido la educación, pero el estado en el que la educación y la escuela sobreviven se conoce a causa de la aparente disputa entre los componentes políticos de cada país, que han hecho de este sector fundamental de la sociedad un simulacro del pasado feliz y guarnición de la hipocresía institucional que habla-bla-bla del mundo mejor que los jóvenes deberían traer. Salvo eliminar, prevenir, entorpecer todo proceso y recurso que pueda permitir precisamente a los jóvenes hacer el trabajo que debe estar a la altura de cada generación: producir cambios.

La pandemia nos muestra cómo se nos impide comprender la complejidad. Durante décadas, los gobiernos europeos se han reunido para establecer objetivos de crecimiento comunes, cada diez años. Desde que en Lisboa se comenzó a declarar que las sociedades deben evolucionar hacia una etapa de conocimiento generalizado, democrático y compartido, nunca se ha logrado ningún objetivo. Ninguna de las injusticias, desigualdades, asimetrías entre segmentos de la población se ha corregido o mejorado sustancialmente. Y la pandemia lo ha demostrado, exacerbando los ánimos y agudizando la sensación de crisis que sufren las sociedades contemporáneas más allá del bien y del mal. Personas, grupos y organizaciones están experimentando la misma reducción de espacios de libertad y autonomía. Mientras la vida de todos continúa… y no sabemos como.

Lo que se ofrece a las masas ciertamente no es la promesa de la sociedad del conocimiento, una en la que todos saben lo suficiente para tener un sentido crítico, sepan tomar decisiones, cumplir misiones rentables, transformar la sociedad, hacer el mundo mejor. El lenguaje de las instituciones, la burocracia, habla de la complicación y esconde la complejidad. Promete soluciones, ofrece subsidios, engaña con acuerdos aparentemente ventajosos para la población, pero fruto de los intereses de unos pocos, en fin, no permite captar el sentido de esta complejidad. De no ser así, se vendrían cosas impresionantes, como comentaría el doctor Emmett pensando en un regreso al futuro.

Intentemos revelar. La complejidad proviene del verbo complector que significa mantener todo unido, es decir, metafóricamente abrazar, entrelazar, tejer como en una hermosa alfombra (esta es la imagen querida por Morin, padre de la teoría de la complejidad) en la que cada hilo se entrelaza con los demás en órdenes de realidades diferentes generados por partes que a su vez generan un todo y este todo es más que la simple suma de los elementos de los que se originó: hilo, trama, urdimbre, nudos, vellón, flecos, orillos, etc. Básicamente, una imagen del mundo mejor que todos decimos que queremos. Que de hecho no está ahí.

Complicado, por otro lado, proviene del verbo cum-plicare que significa plegar juntos y complicado significa: con pliegues. Evidente cómo los “pliegues” sean sinónimo de algo escondido entre los pliegues. En resumen, tenemos todos los elementos para desconfiar de la complicación; sin embargo, estamos sujetos a ella y a su forma jurídica que es la burocracia. Por supuesto, no faltan las manifestaciones de cansancio e irritación ante la burocracia, pero ¿cómo es posible que todo gobierno lo convierta en una bandera de la necesidad de simplificar la burocracia y nadie lo consiga? Al menos deberíamos preguntarnos si realmente lo quieren.

Y la explicación en este punto es simple. Ante algo complicado, es necesario recurrir a un experto que conozca ese “algo” de forma total, que lo domine de arriba por abajo, que lo controle plenamente para identificar el camino que ayuda a salir del laberinto, de las famosas trabas burocráticas. En Italia se usa una frase, pastoie burocratiche, donde la palabra, pastoia, proviene de un recinto semántico en el que se encuentran el pasto y el rebaño y es significativo también que pasto signifique alimento. Pastoie, originalmente, eran vínculos con los que el pastor controlaba el rebaño bloqueando sus patas delanteras. Me parecen ser orígenes importantes de lo que llamamos burocracia, y llama la atención que en general se siga pensando que, sin embargo, la burocracia es necesaria. En esencia, la complicación es una herramienta de control y poder.

La complejidad, en cambio, presupone un sentido crítico y un deseo de aventura, de libertad. La complejidad no permite que nadie se quede con “la solución” y menos aún es posible conocer cada detalle, controlar todo porque la complejidad, al fin y al cabo, es un desafío más que una ciencia, un desafío con el que el hombre concreta su libre albedrío, su naturaleza de ser sintiente y pensante, que sabe emocionarse, que experimenta la creatividad como la forma natural de su ser, que piensa críticamente y que ve en el Otro el complemento natural de su propio Yo, consciente de que de esta dualidad nace la unidad que da sentido al mundo y lo mejora.

La primera opción te permite sentarte en el sofá, frente al televisor, esperando que alguien nos ofrezca sus servicios (a cambio de algo, claro). El segundo nos pide que salgamos a la luz, afrontemos la incertidumbre constitutiva de la vida y emprendamos un camino que nos llevará a descubrir quiénes somos. Siempre que lo queramos realmente. De modo que al final, siempre estamos en medio de dos duelistas: por un lado la conciencia, con su compromiso y sus incertidumbres, por el otro la burocracia, con sus certezas y su control.

Y Vos, ¿de qué lado estás?


Pandemia. L’ho detto e già si è capito che il contesto di questa riflessione è quanto sta accadendo al mondo globalizzato in questi anni (ormai possiamo usare il plurale e dichiarare estinta la speranza del fenomeno “effimero”).

Aveva ragione Horkheimer, noi siamo l’epifania della sua profezia e stiamo vivendo l’era delle società totalmente amministrate. Vita e salute comprese. I governi decidono chi deve salvarsi per primo e lo fanno secondo schemi mentali che corrispondono alle gerarchie deputate alla gestione delle istituzioni. Se a governare sono i dinosauri di un mondo in crisi, i primi a salvarsi devono essere i dinosauri. La strategia non è collettiva, bensì gerarchica. Il senno del poi ci fa capire che la crisi economica e sociale, oltre che psicologica ed antropologica, sarebbe stata minore se le priorità fossero state inverse e avessimo cominciato a salvaguardare la parte più giovane, forte e mobile del paese, come avrebbe fatto una comunità tradizionale in cui le istituzioni e il suo linguaggio, la burocrazia, ancora non avessero preso il posto delle persone. Non mi stupisce che la variante delta del virus, oggi, sia molto più aggressiva e che questo rischio, prevedibile, lo abbiamo lasciato ai più giovani dopo esserci assicurati il vaccino noi adulti, anziani, vecchi, vecchissimi e dinosauri.

Il virus – e qui poco importa se sia colpa di umani o merito della natura – è un emergente che ci mostra in modo definitivo in che mondo stiamo vivendo. Un mondo complesso. I filosofi ci avevano avvertito, magari in modo eccessivamente impegnativo ai principi del Novecento, ma senza dubbio a metà del secolo scorso lo hanno fatto in forme molto più abbordabili e comprensibili. Come sempre, non abbiamo ascoltato. Né voluto, né saputo, etc. Ormai non ha più importanza. D’altra parte, Adorno aveva detto che il mondo andava verso la perdita del senso critico. Altra profezia avverata. E se lo abbiamo perso, come accorgersi che tutto evolveva verso la “complessità”? La domanda che sempre mi faccio è: come mai il mondo sembra non accorgersi della complessità? Chi ha il potere di prendere decisioni importanti per il futuro dell’umanità, sembra non rinunciare a una visione positivista che crede in un progresso senza fine, ma noi sappiamo progresso non significa evoluzione e non vi è un solo intellettuale che non sia consapevole della necessità di procedere a grandi cambiamenti rispetto agli assetti attuali del sistema sociale. Come mai allora questi cambiamenti non diventano decisioni politiche?

Naturalmente, però, c’è chi se ne è accorto e in generale si tratta di coloro che guidano governi e grandi imprese e multinazionali che, per tempo, si sono attrezzati per guidare e controllare la complessità della contemporaneità. Il solo antidoto avrebbe potuto essere l’educazione, ma è noto lo stato in cui sopravvivono l’educazione e la scuola a causa dell’apparente litigiosità tra le componenti politiche di ogni paese, facendo di questo settore fondamentale della società un simulacro di un tempo felice e presidio della recita istituzionale sul mondo migliore che i giovani dovrebbero portare. Salvo eliminare, impedire, ostacolare ogni processo e risorsa che potesse appunto permettere ai giovani di fare quel lavoro che spetterebbe ad ogni generazione: apportare il cambiamento.

La pandemia ci mostra come ci venga impedito di comprendere la complessità. Da decenni i governi europei si riuniscono per stabilire gli obiettivi di crescita comune, ogni dieci anni. Da quando a Lisbona si è iniziato a dichiarare che le società devono evolvere verso uno stadio di conoscenza diffusa, democratica e condivisa, nessun obiettivo è stato mai centrato. Nessuna delle ingiustizie, delle disuguaglianze, delle asimmetrie tra fasce della popolazione è stata corretta o sostanzialmente migliorata. E la pandemia lo ha dimostrato, esacerbando gli animi e acuendo il senso di crisi che le società contemporanee soffrono al di là del bene e del male. Persone, gruppi e organizzazioni stanno vivendo la medesima riduzione di spazi di libertà ed autonomia. Mentre la vita di tutti corre… e non si sa come.

Ciò che alle masse viene offerto non è certo la promessa della società della conoscenza, quella in cui tutti sanno abbastanza per avere senso critico, saper fare scelte, compiere missioni vantaggiose, trasformare la società, rendere migliore il mondo. Il linguaggio delle istituzioni, la burocrazia, parla della complicazione e nasconde la complessità. Promette soluzioni, offre sussidi, illude con accordi apparentemente vantaggiosi per la popolazione, ma frutto degli interessi di pochi, insomma non permette che di tale complessità si colga il senso. Se così non fosse, se ne vedrebbero delle belle, come commenterebbe il dottor Emmett pensando ad un ritorno al futuro.

Cerchiamo di svelare. Complessità viene dal verbo complector che significa tenere tutto insieme, cioè metaforicamente abbracciare, intrecciare, tessere come in un bel tappeto (questa l’immagine cara a Morin, padre della teoria della complessità) in cui ogni filo è intrecciato con gli altri su ordini di realtà differenti generati da parti che a loro volta generano un intero e questo intero, questo tutto, è più della semplice somma degli elementi da cui ha avuto origine: filo, trama, ordito, nodi, vello, frangia, cimose, etc. Praticamente un’immagine del mondo migliore che tutto diciamo di volere. Che infatti non c’è.

Complicato, invece, viene dal verbo cum-plicare che significa piegare insieme e complicato significa: con pieghe. Chi non ricorda come proprio le “pieghe” siano sinonimo di qualcosa di, appunto, nascosto tra le pieghe? E pensando alla radice verbale, piegare, chi non ricorda che il vero uomo è colui che non si lascia piegare? Insomma, abbiamo tutti gli elementi per diffidare della complicazione; eppure, soggiacciamo ad essa e a quella sua espressione legale che è la burocrazia. Certo, non mancano le manifestazioni di stanchezza e irritazione contro le lungaggini burocratiche, ma come è possibile che ogni governo se ne faccia una bandiera dell’esigenza di semplificare la burocrazia e nessuno vi riesce? Viene almeno da chiedersi se lo vogliono davvero.

E la spiegazione a questo punto è semplice. Davanti a qualcosa di complicato, è necessario ricorrere ad un esperto che conosca quel “qualcosa” in modo totale, che lo padroneggi da cima a fondo, che lo controlli a pieno così da individuare la via che aiuta ad uscire dal labirinto, dalle famose pastoie burocratiche. C’è da stupirsi se questa frase così nota si serve di una parola, pastoia, che viene da un recinto semantico in cui si trovano il pascolo, il gregge e quel pascere che significa “nutrire”? Pastoie, in origine, erano vincoli con cui il pastore controllava il gregge bloccandogli le zampe anteriori. Mi sembrano origini significative per ciò che chiamiamo burocrazia, specie considerando che in generale continuiamo a sostenere che, però, è necessaria. In sostanza, la complicazione è uno strumento di controllo e potere.

La complessità, al contrario, presuppone senso critico e voglia di avventura, di libertà. La complessità non consente a nessuno di tenere “la soluzione” e tantomeno di conoscere ogni dettaglio, di controllare ogni cosa perché la complessità, tutto sommato, è una sfida più che una scienza, una sfida con cui l’uomo rende concreto il suo libero arbitrio e la sua natura di essere senziente e pensante, che sa emozionarsi, che vive la creatività come forma naturale del suo essere se stesso, che pensa in modo critico e che vede nell’Altro il naturale complemento del proprio Io, consapevole che proprio da questa dualità nasce l’unità che dà senso al mondo e lo rende migliore.

La prima opzione permette di stare seduti sul divano, davanti alla televisione, aspettando che qualcuno ci offra i suoi servigi (in cambio di qualcosa, ovvio). La seconda ci chiede di uscire alo scoperto, affrontare l’incertezza costitutiva della vita e iniziare un cammino che ci condurrà a scoprire chi siamo. Sempre che lo vogliamo veramente. Così che alla fine, sempre stiamo in mezzo a due duellanti: da una parte la consapevolezza, con il suo impegno e le sue incertezze, dall’altra la burocrazia, con le sue sicurezze e il suo controllo.

E Tu, da che parte stai?

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